21 de septiembre de 2010

Labordeta

Salí de mi tierra: Aragón, siendo muy joven y he vivido en tantos lugares que me considero apátrida. Como aragonesa en la diáspora he sentido que mis volátiles raíces se hallan en Zaragoza y en mi exilio por esos mundos de dios siempre me han acompañado voces mañas: La Bullonera, Puturrú de Fuá, Amaral, Labordeta…


La voz dulce y ronca de José Antonio Labordeta era un bálsamo para el alma cuando la nostalgia hacía de las suyas, era la melodía que me devolvía a casa, al cierzo, al Ebro y a esas señas de identidad que, pese a todo, nunca se desdibujaron en mi memoria.


Ahora que he regresado a Zaragoza, Labordeta se va. Me impresionó su mirada franca y bonachona cuando me recibió en su casa. Yo temblaba emocionada al conocer al hombre que fue el cordón umbilical con los míos, al tiempo que me preocupaba no saber qué hacer con mi paraguas mojado, que goteaba sobre el parqué del pasillo. Habló de su enfermedad, de su falta de energía para atender tantos trabajos pendientes… Fue una visita breve, pero mi estancia en aquella casa me ha dejado un poso que hoy se vuelve agridulce.


Nos abandona el hombre, pero lo hace dejándonos el recuerdo colmado de su esencia imperecedera.

14 de septiembre de 2010

Ryanair, una pesadilla de vuelo

En Girona se habla bastante de la aerolínea Ryanair y no bien, precisamente. La propuesta de suprimir el copiloto para abaratar costes, las críticas de Air Berlin a las subvenciones y, sobre todo, la penúltima vez en que la compañía irlandesa deja colgados a los viajeros, crean un ambiente de malestar entre los usuarios.

El día 7 de septiembre, el vuelo Girona-Edimburgo se complicó de mala manera y cerca de un centenar de personas pasaron más de cinco horas encerrados dentro del avión en el aeropuerto de Girona, sin refrigeración, sin comida ni bebida, a menos que estuvieran dispuestos a pagar por ello, y sin saber qué ocurría. Después de estas cinco horas de espera forzosa, el comandante de la aeronave comunicó a los pasajeros que el vuelo se cancelaba y que podían descender del avión. Habían embarcado a las 17.30 horas y eran más de las once y media de la noche cuando los viajeros se encontraron en la tesitura de buscar un lugar donde pasar la noche.


Imagínense la situación: el avión lleno, sin un asiento libre, un bebé que harto de la situación se rebela llorando, gente sudorosa, cansada de esperar, con hambre y sed, y en esto la azafata anuncia que la política de Ryanair no les permite dar de comer y beber al pasaje, pero que quien quiera puede comprarse la cena. Como no estaba previsto el incidente, la comida escaseaba y los viajeros de las últimas filas se quedaron sin bocadillos. Por una bolsa de M&M y una Pepsi pequeña, pagó una viajera cinco euros.

Junto al avión que tenía que volar a Edimburgo, había otros dos en la pista de despegue, también de Ryanair, llenos de gente y en las mismas circunstancias.

Cabreados y agotados por las horas de inmovilidad, los ocupantes del avión se dirigieron a la ventanilla de la compañía aérea e hicieron una larguísima cola para cambiar los billetes o recuperar su dinero. A los escoceses, se les reubicó en un vuelo que salía al día siguiente de Barcelona, pero hubo viajeros que no regresaban desde Edimburgo, sino desde Glasgow a Girona y como este vuelo no fue cancelado, Ryanair no se siente obligada a rembolsar los gastos. Ahora los viajeros afectados buscan la manera de recuperar los 150 euros de la vuelta que no han hecho. Porque si el avión no despegó del punto de salida, mal pueden regresar a él. De locos.