Labordeta

Salí de mi tierra: Aragón, siendo muy joven y he vivido en tantos lugares que me considero apátrida. Como aragonesa en la diáspora he sentido que mis volátiles raíces se hallan en Zaragoza y en mi exilio por esos mundos de dios siempre me han acompañado voces mañas: La Bullonera, Puturrú de Fuá, Amaral, Labordeta…


La voz dulce y ronca de José Antonio Labordeta era un bálsamo para el alma cuando la nostalgia hacía de las suyas, era la melodía que me devolvía a casa, al cierzo, al Ebro y a esas señas de identidad que, pese a todo, nunca se desdibujaron en mi memoria.


Ahora que he regresado a Zaragoza, Labordeta se va. Me impresionó su mirada franca y bonachona cuando me recibió en su casa. Yo temblaba emocionada al conocer al hombre que fue el cordón umbilical con los míos, al tiempo que me preocupaba no saber qué hacer con mi paraguas mojado, que goteaba sobre el parqué del pasillo. Habló de su enfermedad, de su falta de energía para atender tantos trabajos pendientes… Fue una visita breve, pero mi estancia en aquella casa me ha dejado un poso que hoy se vuelve agridulce.


Nos abandona el hombre, pero lo hace dejándonos el recuerdo colmado de su esencia imperecedera.

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