Documentación fiable

Documentar consiste en recopilar información sobre un tema. La mayoría de mis escritos requieren, ineludiblemente, un trabajo previo de documentación para ambientar de forma adecuada personajes, escenarios y circunstancias o para establecer las bases sobre las que construiré mi opinión. Sin una buena documentación es imposible dotar de verosimilitud y coherencia a una historia o desarrollar un criterio objetivo. La documentación es invisible, pero no pasa desapercibida pues es el hilo que sostiene tramas y argumentos.

¿Dónde y cómo conseguir la información? Buscar apoyo en hechos históricos o sucesos reales, que ayuden a estructurar de forma congruente el desenlace de los acontecimientos o a establecer las premisas previas a la conclusión de un discurso, es un apasionante y exigente trabajo no siempre fácil de llevar a cabo.

Internet permite acceder a una gran cantidad de información, sin embargo, yo no soy muy proclive, en general, al uso de la Red para documentar mis obras. Prefiero seguir utilizando las viejas fuentes documentales de siempre, me refiero a la información impresa. La información que se publica en Internet no está sometida a ningún tipo de examen previo por parte de los profesionales de cada sector ni a normas de calidad de ningún tipo, por eso los datos obtenidos deben someterse a un riguroso análisis que asegure su veracidad. Recibo información de boletines o listas y no me fío porque supongo que esa información se basa en otra que no ha sido contrastada, en copias de noticias de otros medios o en pastiches más o menos originales elaborados con lo que se toma prestado de aquí y de allá.

No es que desconfíe de todo lo que aparece en Internet, tampoco dejo de reconocer que hay sitios fantásticos con contenidos interesantísimos, actualizados, rigurosos y respaldados por entidades reconocidas, pero, para mí, sigue teniendo más valor informativo lo que leo en un diario, que confirma las noticias publicadas, lo que veo en televisión: la realidad en imágenes, o los datos que me proporciona un libro con abundante bibliografía y escrito por un reputado autor.

Me consta que, para algunos, Internet son las Sagradas Escrituras y sus contenidos dogmas de fe, por eso creen sin validar lo que encuentran. ¿Cómo puede pasar por creíble y verosímil que en Japón se comercialicen gatos criados dentro de una botella de reducidas dimensiones y que el sufrimiento del felino provoque una campaña de denuncias solidarias? Que los taiwaneses compran bebés asados en los supermercados. Que se atribuya a Nostradamus la profecía que circulaba tras los atentados contra las Torres Gemelas, la cual decía: “En la ciudad de Dios habrá un gran trueno. Dos hermanos destruidos por Caos. Mientras la fortaleza resiste el Gran Líder sucumbirá. La Tercera Gran Guerra comenzará cuando la Gran Ciudad arda. Nostradamus 1654”. Desde luego esa profecía no figura en el libro Las centurias y difícilmente pudo escribirla Nostradamus en 1654 puesto que murió en 1566. Etc., etc., etc. Con frecuencia, incluso los medios de comunicación reproducen falsas informaciones tomadas de Internet sin verificar la fuente o la exactitud de los datos. Le ha pasado a la televisión, la prensa o a la radio, le ha sucedido a revistas literarias o editoriales y traductores de prestigio, a personalidades de la política, al Parlamento Europeo, a ministros y políticos de todas las condiciones. Prima la velocidad de la información antes que la exactitud o la seriedad, la competencia feroz entre los medios por ser los primeros en dar la noticia, en tener una exclusiva o la mayor audiencia, provoca que no se tome el tiempo necesario para corroborar la información publicada.

Las personas que cuelgan contenidos en Internet tendrían que respetar un código deontológico que incluiría normas tan elementales como no introducir o difundir información falsa o inexacta, que pueda inducir a error en los receptores de la misma. Y es que hay usuarios que ignoran que cualquiera puede publicar un web sin restricciones en el contenido, que no existe garantía de que este tipo de páginas o artículos hayan sido elaborados realmente por las personas o instituciones que aparecen suscribiéndolos o que la identidad del emisor puede ser suplantada por otra persona.

Internet no es una fuente de referencia autorizada e inequívoca. A diferencia de los medios de difusión tradicionales, en los que la audiencia conoce la identidad del emisor y puede formarse un criterio de evaluación de la información que proporciona, en Internet es frecuente no conocer ni siquiera su origen. Sin embargo, exigir o apoyar propuestas para implementar los mecanismos que aseguren la calidad y veracidad de las páginas que son publicadas en la web sería atentar contra el espíritu de libertad que caracteriza a la Red, un privilegio sin precedentes. De manera que corresponde a todos los usuarios, tanto quienes participamos en la publicación de información, como quienes la utilizamos como medio de consulta, asumir con responsabilidad esa libertad que disfrutamos.

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