Astrología en la Edad Media

La Edad Media supuso un salto cualitativo respecto de la antigüedad clásica en el difícil arte de la adivinación. Las aves son sustituidas por los astros y el arúspice por el astrólogo.

Por un lado, las estrellas son también intermediarias entre el cielo y la tierra; ellas representan un desafío a la oscuridad de la noche y son como luminarias que iluminan la vida de los hombres. Astros o estrellas trascienden las tinieblas nocturnas y representan un triunfo de la luz espiritual sobre la oscuridad moral de la materia. Por otro lado, los astros mantienen una regularidad en su comportamiento del que carecen las aves, dando fijeza y seguridad a sus movimientos, que reflejan de algún modo el imperio de la razón divina y sobrenatural. Sin duda, la distancia que va del politeísmo antiguo –con dioses sometidos al capricho y veleidad de las pasiones- al monoteísmo cristiano –con un Dios único, sometido a los principios de la razón aristotélica-, debió ejercer un influjo considerable en el paso de una a otra concepción; recordemos el peso que sobre la idea cristiana de Dios tiene el Primer Motor de Aristóteles. En cualquier caso, el Dios de los judíos impone orden y unidad en el movimiento de los cielos –frente al múltiple y voluble vuelo de las aves que refleja el politeísmo antiguo-, lo que facilita a su vez un conocimiento más preciso de la conducta humana en la medida en que se atiene a regularidades observables.

La conducta de las aves no era codificable, mientras que la de los astros sí lo es; de ahí nace la astrología en cuanto a disciplina distinguible de la astronomía. Ambas se consideraron desde los tiempos más antiguos como estrechamente relacionadas y en dependencia la una de la otra. Es verdad que la astronomía se ocupa de los fenómenos físicamente observables, mientras que la astrología conjetura y predice sobre cosas inciertas fundándose en aquellos, pero no es menos cierto que ambas se consideraban caras de la misma moneda, dada la concepción del mundo de que se partía. Esta provenía del mundo caldeo, pasó a los egipcios, fue compartida por los árabes y se extendió a algunos pensadores del Occidente europeo; consistía en una firme creencia de unidad cósmica y, por tanto, en la conexión de todas sus partes, de acuerdo con lo cual el hombre era un microcosmos que reflejaba la estructura y composición del macrocosmos. Cualquier acontecimiento ocurrido en éste debía, pues, reflejarse en aquél y así sucedía con los astros, cuyos movimientos, situación y estructura debería lógicamente influir sobre el ser al que se consideraba centro de la creación. Ni que decir tiene que Copérnico y el derrumbe de la teoría tolemaica constituyeron un durísimo golpe para la astrología.

En cualquier caso, la Astrología disfrutó de una enorme fama y difusión durante la Edad Media y parte del Renacimiento, a pesar de las condenas de la Iglesia católica, hasta tal punto que no había rey que se preciase que no tuviera su corte de astrólogos.

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