Desinformación

Las noticias que nos llegan son imperfectas y están incompletas, con frecuencia también han sido interpretadas por los medios de comunicación antes de presentarlas a los ciudadanos. Estos medios cada vez defienden menos el rigor, la honestidad y la independencia y sirven más a los intereses ideológicos o crematísticos de los grandes grupos. Luego entran en acción los opinadores y tertulianos ofreciéndonos criterios ponderados y técnicos, valoraciones más juiciosas que las nuestras. Así que no nos planteamos las cuestiones fundamentales, adoptamos las ideas y los pensamientos de otros porque no podemos contradecirles. Se nos anula la conciencia y nos doblegamos a lo que más convenga. Permitimos que los medios construyan nuestra memoria y decidan por nosotros.

Podemos pillar una rabieta contra esta tiranía, pero al final de nuestra pataleta todo seguirá igual, porque los ciudadanos no tenemos otro poder que el de cambiar de canal para ver un telediario u otro o el que nos otorga el euro con el que pagamos el periódico del día. Somos vulnerables y estamos en manos de mercaderes de noticias fabricadas según las leyes de la oferta, la demanda y el mayor beneficio posible. Ya no somos personas ni ciudadanos, nos hemos convertido en consumidores, en público, en audiencia.

Hay tantos puntos de interés, tantas noticias, que es imposible absorberlo todo porque nuestra capacidad de atención es limitada, esto nos convierte en víctimas, nos lleva a creer, a dejarnos llevar, nos congela las neuronas o nos hace incrédulos y desconfiados.

Qué, dónde, cómo, cuándo, quién y porqué, estas piezas básicas de la arquitectura de la información, son restos arqueológicos del periodismo. Sin ellas, sin ese contexto que incluye los antecedentes y apunta las consecuencias, se pierde la coherencia y el significado, se llega a la desinformación.

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