Conducta animal, conducta humana


La conducta animal es siempre una respuesta a los datos captados del mundo circundante. Para cada especie, un conjunto bien determinado de sensaciones actúan como estímulos que desencadenan una conducta similar en todos los individuos. Es decir, la conducta agresiva, sexual o alimenticia se pone en marcha ante la presencia de situaciones biológicamente desencadenantes. Tales desencadenadores son fijos y están determinados genéticamente. La adecuación estímulo-respuesta es lo que constituye la especialización animal. A esa conducta innata, estable y automática se la denomina instinto.

Alimentarse y reproducirse son los fines de todo animal. Pero esos fines no se los da el animal a sí mismo, sino que le vienen dados o programados de antemano por el instinto. Y la función del conocimiento animal es no alterar estos fines, es alcanzarlos del mejor modo posible. En el hombre, en cambio, el conocimiento se autoprograma y establece sus propias finalidades. Gracias a esa capacidad de autoprogramarse, el hombre es el único animal capaz de hacer promesas (Nietzsche), fin para sí mismo (Kant), que elige sus propios fines (Tomás de Aquino) y medida de todas las cosas (Protágoras).

Si el comportamiento animal está esculpido por el estímulo, sujeto a la tiranía del “Si A... entonces B”, en el hombre las cosas cambian. La libertad inteligente supone una liberación del estímulo, el alejamiento de su poderoso magnetismo. En la conducta humana reina la subjetividad, hasta el punto de poder obrar sin ganas y en contra de las ganas. A diferencia del animal, el interés del hombre por su entorno puede trascender por completo los intereses biológicos y no estar desencadenado por ellos. Todo en la conducta está orientado hacia la supervivencia. El animal vive incrustado en su ambiente y determinado por sus estados orgánicos, mientras que el hombre es autónomo frente al ambiente y a la presión de lo orgánico.

Hasta tal punto es así que, en cierto modo, el entorno no existe para el hombre. Y no existe en cuanto que no se deja acotar dentro de un espacio y tiempo determinados. Los intereses que configuran las acciones humanas pueden situarse tanto en el pasado como en el futuro, y en uno, varios o ningún espacio físico determinado. El hombre puede ser cosmopolita: el animal, a lo sumo, puede ser migratorio.

Hay en el ser humano una apertura universal a la realidad. Las condiciones de esa posibilidad de conocer e interpretar el mundo vienen dadas por la inteligencia y la libertad. Ambas se mueven en un nivel radicalmente distinto al animal, sin dejarse deducir de la materia orgánica. Muchos animales gozan de cierta libertad de acción dentro de su medio ecológico, pero la libertad humana presenta la inédita capacidad de no estar restringida a la alternativa de lo agradable frente a lo desagradable. Puede, de hecho, decidirse por lo desagradable cuando lo considera desde el aspecto de lo objetivamente bueno. Con esta elección supera lo biológico y alcanza un nivel intelectual que requiere una justificación proporcional.


Escultura: Antonio Seco

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