Las mentiras son infinitas

Curioso fenómeno el de la mentira, que afecta a todos los ámbitos de la existencia. La vida cotidiana está salpicada de falacias, de las que no se salvan ni las noticias de hoy, ni las de ayer, que constituyen la historia. Las biografías de los personajes más trascendentes están salpicadas de leyendas, propaganda e imaginación con las que se rellenan los huecos que deja el conocimiento. Eso ocurre incluso con los hombres y mujeres que más han influido en la civilización, pues pocos datos tenemos de la auténtica personalidad de Anibal; el Jesús de la historia aún no se nos ha revelado por completo y Maquiavelo ha sido tergiversado deliberadamente. Nuestros orígenes y devenir incluso han sido manipulados por razones de búsqueda de la popularidad, de propaganda o, simplemente, de lucro económico. En 1912, en Inglaterra, se presentó un cráneo que se definió como “el eslabón perdido” entre el hombre y el mono: la piedra filosofal que resolvería el enigma de la evolución. Este ancestro nuestro fue bautizado con el nombre de “el hombre de Piltdown”, y hasta 1936 no se descubrió que era la cabeza de un orangután modificada para simular que era más pariente nuestro de lo que ya es. Fue un crimen perfecto contra la inteligencia: todavía hoy no se sabe quién fue el autor del monumental enredo. Ya en nuestros tiempos, Oded Golan hizo circular por Israel una tabla que permitía verificar la existencia, e incluso localizar, el Templo de Salomón. Tras dos años de pesquisas, se averiguó que era una artística falsificación y el émulo de Indiana Jones fue detenido. Y es que la historia es un organismo vivo que resulta atacado con frecuencia por el virus de la mentira.

Si recurrimos al preciado diccionario de sinónimos, hallaremos que bajo la entrada “mentira” se encuentran 104 vocablos, algunos tangenciales, otros floridos o graciosos, pero que vienen a significar lo mismo. Sin embargo, “verdad” sólo tiene 39 equivalencias. Será cierto que la verdad sólo es una y las mentiras son infinitas.

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