Máquinas contra hombres

Hace unos años, creo que fue allá por 1997, el ordenador Deep Blue ganaba una partida contra el campeón mundial de ajedrez Kaspárov. Muchos pusieron el grito en el cielo: La humanidad está perdida, las máquinas han conseguido superar la inteligencia humana. Nuestro orgullo sufrió un serio varapalo, la Razón había sido destronada por una máquina.

En realidad, Deep Blue (el azul profundo) no venció contra “la materia gris”. La rutina del procesador, con sus chips de silicio, pudo eventualmente con las muy superiores sinapsis neuronales de Kaspárov, su fatiga y sus nervios. El ordenador obtuvo una victoria sobre la moral del hombre, no sobre su inteligencia. Dijeron los humanistas escandalizados por el resultado.

Ambos contendientes se ciñeron a las mismas reglas y usaron similares estrategias, midieron sus fuerzas, pero recordemos que una vez venció Kaspárov y otra la máquina. El cálculo frente a la intuición. Una comparación odiosa. La máquina no ganó “siempre”. No demostró ser superior al hombre.

La eterna lucha entre el hombre y la máquina viene de lejos. Todos conocemos a alguien que le tiene fobia al ordenador, al móvil o a cualquier otro artilugio mecánico. La reacción defensiva se produce al exponer nuestras habilidades intelectuales frente a la máquina. ¿Y si mis facultades no bastan para programar el reproductor de DVD? ¿Y si el cajero automático se traga mi tarjeta de crédito por no utilizarlo correctamente? Enfrentarnos a la máquina es confirmar nuestra torpeza. Cuesta admitir su “superioridad” porque deja patentes nuestros límites. Aprendemos a usar un complicado programa ofimático y justo entonces aparece la nueva versión mejorada. La tecnología se mueve tan rápido que cuesta avanzar a su ritmo.

Tranquilos, las máquinas jamás superarán al hombre, nosotros siempre seremos maravillosamente versátiles, inmensamente creativos, absolutamente sensibles. Las máquinas sólo nos superarán cuando alcancen el vuelo de nuestra imaginación.

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