El filósofo que bailaba

La danza es un mínimo de explicación, un mínimo de anécdotas, y un máximo de sensaciones.



Maurice Béjart era hijo del filósofo Gaston Berger y siguiendo el camino de su padre se licenció en Filosofía, pero no ha destacado por ofrecer al mundo una teoría filosófica relevante, sino como coreógrafo, acompañado de un perenne foulard rojo. Cuando tenía 14 años, un médico le recomendó la danza para fortalecer su cuerpo y se formó en ballet clásico estudiando en Londres y París. Debutó en 1945 y trabajó en compañías como la de Roland Petit. Uno de los papeles que más representó fue el del príncipe de El lago de los cisnes. Su primera intervención como coreógrafo fue en 1952, en la película sueca El pájaro de fuego, le han seguido más de doscientas cincuenta piezas en las que ha acercado la danza al público. Despojó a las bailarinas de sus rígidos tutús y las vistió con leotardos y vaqueros, el ballet moderno se había hecho contemporáneo para llenar estadios y electrizar al espectador. Su voraz curiosidad le hizo abrirse a todas las tendencias, introdujo la teatralidad en la danza y sin abandonar el lenguaje clásico logró ser actual. Experimentó con todo tipo de músicas, desde Wagner a Freddie Mercury, pasando por el tango llegó al rock, su sensibilidad y su pasión no ha dejado indiferente a nadie. Ha muerto para pasar vivo a la posteridad.

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