Muertos de miedo

Iniciamos el siglo muertos de miedo. El cambio de milenio desencadenó un temor no sólo supersticioso, sino incluso tecnológico, que se denominó efecto 2000. Luego vino el desconcierto por la introducción del euro como nueva moneda comunitaria. Pasó el susto al sobrepasarse sin mayores consecuencias el nuevo siglo, pero al poco, un ominoso atentado sembró el pánico en Estados Unidos y en todo Occidente. Aunque antes de producirse el espectacular atentado de las Torres Gemelas, la economía ya había pinchado y empezaba a desinflarse.

Advino la guerra de venganza contra el pueblo afgano y así se recuperó el aliento, mientras, se rendía culto a los muertos, se imponía la censura periodística y se restringían las libertades civiles. Quebraron compañías aéreas y negocios afectados por el riesgo terrorista, se extendió el miedo a volar. El panteón de la zona cero servía de excusa para que los niveles de alarma social se alzasen a conveniencia. La guerra punitiva contra los talibanes produjo sus réditos, que se emplearon para desarrollar la guerra preventiva en Iraq.

Desde entonces, ha cundido el temor en el mercado petrolífero, se ha agravado la incertidumbre geopolítica y estratégica y la fobia antiterrorista no para de crecer. La espiral del miedo nos atenaza y prosigue su escalada hacia el caos, descendiendo, peldaño a peldaño, al infierno de la desconfianza.

La percepción pública sobre el estado del mundo es que las cosas no podrían estar peor: se profundiza el abismo que separa a los países ricos de los pobres; proliferan las guerras invisibles, las que no vemos en la televisión, pero que tienen como finalidad hacerse con el control del tráfico de estupefacientes o de minerales; las corrientes migratorias reactivan la exclusión social, que se convierte en caldo de cultivo de la delincuencia urbana; la familia, como núcleo social, se desintegra; sufrimos inseguridad económica, callejera, ambiental, sanitaria…, los casos de corrupción y los escándalos políticos son cotidianos; los medios de comunicación difunden y contagian el miedo al manipular la realidad, con ello incrementan la perplejidad y siembran el alarmismo.

El mundo del siglo XXI es muy complejo y la interdependencia de las interacciones globales aumentan la probabilidad de que se produzcan crisis, conflictos y catástrofes imprevisibles. Será que el capitalismo democrático no conduce a un final feliz, sino a un neoliberalismo de efectos perversos, cada vez más imposible de prevenir y de controlar.

Comentarios

Toy folloso ha dicho que…
Se otea algún nubarrón en la lejanía, pero de momento, el bolsillo bien, gracias.
Chusé Biel ha dicho que…
Tremendo. Al final serán ciertos todos los temores ante el nuevo siglo.
reikiaduo ha dicho que…
Hombre, pedirle peras a los olmos nunca dió buen resultado (menos tras la grafiosis que casi los ha extinguido), y al mundo hay que pagarle un alquiler por el uso de sus instalaciones más que pedirle que nos aporte un sentimiento interno llamado felicidad

Simplemente, no es cosa suya
Fran ha dicho que…
La sensación de que las cosas van mal es cierta. Tal vez sea la crisis que antecede a todo cambio, cuando las estructuras se declaran obsoletas y hay que inventar nuevas fórmulas.

Un abrazo.
Javier ha dicho que…
El abarque mundial del capitalismo quizá sea un espejismo porque, pese a la globalización, la economía avanza fuera de control y fragmentado al planeta en zonas de influencia rivales.

Los buenos propósitos que pretendía lograr la sociedad global son una utópica ficción que ha hecho resurgir los localismos nacionalistas que cultivan la singularidad diferencial.

La vida actual se percibe como un riesgo real y da la razón a Malthus, a un crecimiento lineal de las interacciones le corresponde un crecimiento geométrico de las perturbaciones.