Los poderes del conocimiento

Los poderes del conocimiento están hoy más extendidos que el mismo conocimiento. Así, podemos tratar sobre la vida, aunque no esté todavía más que en estado de promesa, pero no sabemos qué es la vida, si un malicioso misterio o un gracioso don de las estrellas que antiguamente, según la última teoría de moda, habrían sembrado la tierra; podemos disputarle un ser a la muerte, pero no sabemos qué es la muerte, algo que únicamente somos capaces de comprobar y por procedimientos que, por otra parte, han cambiado mucho en el transcurso de los tiempos: se dice que antaño se mordía el dedo gordo del pie del presunto fallecido para asegurarse de su definitiva indiferencia ante los dolores de este mundo, práctica que, parece, ha valido a los empleados de pompas fúnebres, a los enterradores, el apelativo de “muerde-muertos”; más tarde la gente se atenía al testimonio de un espejo encargado de recoger el vaho de un eventual soplo de vida; luego se confió en la parada del corazón, prueba aleatoria sin los modernos instrumentos de control, y, por último, de un tiempo a esta parte, el sistema válido para certificar el deceso es el del encefalograma plano, aunque no se sabría precisar en qué momento exacto se ha roto el principio de unidad que operaba la cohesión de la persona; sabemos convertir la materia en energía, con riesgo de transformar, si llega el caso, doscientos mil seres humanos en luz y calor, pero no sabemos qué es la materia; nuestros descubrimientos no van acompañados de un “modo de empleo”, y la distancia entre lo que nuestro saber nos permite hacer y lo que nos permite comprender aumenta todos los días: el hombre, para nosotros, sigue siendo un misterio, desde su principio, que parece depender de la magia, hasta su fin, que tiene siempre un cierto aire de anomalía.

En estas condiciones, la ética nueva, que apenas tiene base sobre la que asentar un juicio, no puede enunciar principios, sino sólo emitir recomendaciones. A fin de cuentas, todo depende para ella, de las conciencias individuales y de la idea que cada una de ellas se haga de la condición humana.

Comentarios

almena ha dicho que…
Somos un misterio cuyo fondo permanece insondable.
Se le resiste a la neurociencia.
Y las recomendaciones de la bioética no son vinculantes...
En realidad, ni los bioéticos están siempre de acuerdo ante un caso de interpretación complicada...

Y esa primera frase de tu post es tremenda. Tremendamente real.

Que tengas una semana feliz, María.
Un beso
Emilio Cervantes ha dicho que…
Maria,

Estoy de acuerdo casi en todo.Pero cuando dices:

"la ética nueva, que apenas tiene base sobre la que asentar un juicio"

Ahí no estoy de acuerdo porque pienso que todo juicio se ha de asentar sobre un principio de la ética y no al revés.

Gracias por un blog limpio
Emilio Cervantes ha dicho que…
Perdona, no me expresé bien. Quiero decir que la base está, pero no la queremos ver.
Javier ha dicho que…
Los mitos, los dogmas de la teología, la metafísica, la ciencia… Existen muchas formas de construir una concepción del mundo porque no existe una sola regla que continúe siendo válida en todas las circunstancias ni una condición objetiva que nos guíe.

La racionalidad que descansa en un método para llegar a la verdad ha dejado de ser el evangelio del pensamiento cotidiano y con el pensamiento dialéctico se reducen a la nada las determinaciones del entendimiento. Ahora todo depende, como dices, de la conciencia individual, es la que determina qué sirve.