Cosméticos letales

Cuatro mil años antes de Cristo, en Egipto florecía el uso de la cosmética. Las numerosas fábricas de perfumes y de salones de belleza y el difundido uso del maquillaje confirman que el narcisismo humano viene de antiguo.

En el siglo I, Marcial, el famoso epigramista, dedicó esta sátira a una amiga: “Mientras te quedas en casa, Galla, tus cabellos se encuentran en casa del peluquero; te quitas los dientes por la noche y duermes rodeada por un centenar de cajas de cosméticos... Ni siquiera tu cara duerme contigo. Después, guiñas el ojo a los hombres bajo una ceja que aquella misma mañana has sacado de un cajón”.

“Para presumir, hay que sufrir”, reza el dicho popular cargado de razón. Durante miles de años, la enorme cantidad de plomo que contenían los polvos con que se blanqueaban la cara el cuello y el escote las mujeres europeas, deterioraron su piel e incluso causaron innumerables muertes. En el siglo XVIII el blanqueador facial, usado tanto por mujeres como por hombres, pasó a fabricarse con arsénico. La obsesión por la palidez hacía que dicho producto fuera incluso ingerido, y era efectivo, muy efectivo. El arsénico envenenaba la sangre, reduciendo considerablemente la cantidad de hemoglobina y oxígeno que transportaba a los órganos. Por tanto, la palidez que se lograba no era pintada, era absolutamente real.

La misma base de arsénico contenía el oropimiente, usado para eliminar el vello entre griegos y romanos. Es fácil suponer los efectos secundarios del mismo.

El colorete se elaboraba con una base vegetal: moras, algas… y se coloreaba con cinabrio: sulfuro rojo de mercurio, altamente venenoso. Durante siglos, esta misma pasta roja se utilizaba para dar color a los labios y por la facilidad con la que podía ingerirse causó muchas intoxicaciones. Al llegar a la corriente sanguínea, el plomo, el arsénico y el mercurio resultaban especialmente nocivos para el feto, y estas prácticas embellecedoras provocaron una cantidad incalculable de abortos, partos prematuros y malformaciones.

Hubo que esperar hasta finales del siglo XIX, cuando los químicos se implicaron en la cosmética, para poder usar unos productos de belleza más inofensivos.

Foto: Neceser de viaje de María Antonieta.
Museo Internacional de la Perfumería

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