Agresividad

A menudo, en la especie humana, ocurren episodios violentos que terminan con la muerte de uno o más implicados. ¿Por qué? El hombre carece del principio de antítesis, lo tuvo, pero lo ha eliminado. ¿El motivo? La sofisticación y el desarrollo de las armas. Supongamos que dos ciervos en celo luchan por conseguir los favores de una hembra. Sabemos que este enfrentamiento nunca acabará con la muerte de ninguno de los ciervos. Los embates violentos de los contendientes terminarán cuando uno de ellos reconozca su derrota y enseñe el vientre a su adversario declarándose vencido. En este punto la agresividad cesa y el conflicto concluye. Trasladémonos mentalmente a Iraq, ¿quién no recuerda esas escenas de bombardeos nocturnos sobre Bagdag? Gracias a los mísiles de largo alcance, las tropas estadounidenses podían masacrar a los iraquíes a kilómetros de distancia, sin tener delante a su adversario, sin verle la cara. En estas condiciones, la conducta de calma no puede contrarrestar la agresividad. En el proceso de evolución, la especie humana se ha dejado por el camino una conducta imprescindible, la de contrarrestar la agresividad, algo que puede calificarse de involución y que nos lleva al pesimismo a la hora de valorar el futuro del hombre. La inteligencia nos ha servido a los humanos para desarrollar armas químicas, armas nucleares, virus letales... El hombre es el único animal capaz de dispararle un tiro en la sien a un semejante que, arrodillado ante él, suplica por su vida. Pero la agresividad también nos hace personas, si carecemos de ella nos falta orgullo y todo el mundo nos maneja. El entusiasmo belicoso, requisito previo para la guerra, lo es asimismo para cualquier ideal humano, sin él nos falta algo y somos incapaces de emprender nada.

No se ha podido demostrar en el caso del hombre, pero sí en ciertos animales: la agresividad cumple en ellos todas las reglas de la conducta reductora del umbral y de la conducta apetitiva. Las sociedades humanas constituyen mecanismos coactivos que canalizan la agresividad en la dirección prescrita. La misma relación existe entre el impulso interno que surge y los centros superiores que lo reprimen para restringir la agresividad, igual que ocurre con otros modelos de conducta instintiva.

Se han realizado estudios sobre la influencia que puede tener en las personas la visualización de escenas violentas sin que se llegue a una conclusión definitiva. Para unos es un modelo destructivo y recomiendan que se erradique del cine y de la televisión. Para otros, la agresividad tiene una compensación automática y se preguntan si el hecho de fomentar en la gente una agresividad destructora y además experimentada por otro aumenta la probabilidad de que se despierte esta agresividad, o si la agresión ajena tiene un efecto catárquico. Si los niños se acostumbran a ver guerras, asesinatos y luchas en la televisión, podrán disminuir sus inhibiciones cuando tengan ocasión de cometer actos violentos. No es que se incremente el potencial agresivo, sino que se reduce la inhibición, creando un clima social que tolera dichas acciones agresivas. Otro de los peligros es que se premie la violencia de un modelo, entonces es más probable que el niño la imite. Los modelos peligros son, por ejemplo, James Bond, un asesino profesional a quien se admira como héroe.

Es muy sencillo despertar en el hombre un entusiasmo individual y colectivo por la guerra, pero resulta muy difícil inculcarle el entusiasmo por la paz. Las guerras siguen considerándose causas justas y debemos acostumbrarnos a la idea de que la guerra ya no cumple ninguna función: las armas nucleares la han convertido en una especie de suicidio, y su eliminación debe ser una prioridad, el objetivo principal de la educación social. Aún es posible entusiasmar a la sociedad por la paz, por la ecología… Hay causas espléndidas por las que luchar sin tener que luchar necesariamente contra otros.


Imagen: BBC

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