Hamlet

La tragedia aparece siempre pintada de negro. ¿Qué es el color negro puro? Es el límite, el término del color, la mezcla de todos los colores y la ausencia de color, el franqueamiento del límite, el hundimiento en el más allá. El color negro, que representa la expresión terrenal de la ausencia de color, del tránsito de todos los colores en su fusión al otro lado del límite, un agujero en el más allá en el que la fusión de todos los colores de la vida humana da como resultado la ausencia de color terrenal, su negación es la tragedia. La tragedia que se articula en torno a un enigma, en torno al abismo de la noche. Es, por así decirlo, la tragedia exterior, tras la cual se oculta una tragedia interior; una tragedia sin máscaras, tras la que se presiente una tragedia de almas.

Así veo siempre a Hamlet: negro. En el cotidiano círculo cerrado del tiempo, en la infinita cadena de horas claras y oscuras, hay una hora, la más confusa y la más inquieta, el límite imperceptible entre la noche y el día. Nada es tan misterioso y oscuro, tan enigmático e incomprensible, como ese extraño paso de la noche al día. Ha llegado la mañana, pero es de noche; el día aún se halla sumergido en la negrura, parece flotar en ella. En esta hora, el tiempo se torna movedizo y recuerda un tremedal que amenaza con hundirse. El inseguro manto del tiempo parece deshilacharse. En esta hora en que todo se muestra vacilante, confuso e inestable, no existen sombras en el sentido habitual de la palabra: imágenes oscuras proyectadas sobre la tierra, sin embargo, percibimos las cosas como si fueran sombras; todo posee su lado nocturno. Es la hora de la melancolía y la mística; la hora en que se desgarra el manto del tiempo; la hora en que se descubre el abismo nocturno, sobre el que se eleva el mundo de día.

Así es la hora que vive el alma que lee o contempla la tragedia de Hamlet, príncipe de Dinamarca. En esa hora se halla sumido el lector o el espectador, pues la tragedia misma está marcada por ella, se asemeja a ella: ambas poseen la misma alma. Cuando el alma vive momentos de elevado lirismo, la tragedia puede quedar grabada de forma indeleble, puede herir el corazón de una vez para siempre con el dolor, hasta entonces ignorado, de su encanto.

Insólita y distinta de cualquier otra tragedia. Hamlet carece de lo que podría parecer más necesario y fundamental: la acción dramática. Una tragedia sin acción, sin la lucha del héroe. Hamlet ha llegado al fondo del abismo trágico. La tragedia se deriva de los fundamentos mismos de la existencia humana, es inherente a nuestras vidas, crece de las raíces de nuestros días. Hamlet es la esencia misma de la tragedia. Se desarrolla en el límite de dos mundos y bordea el aquí y el más allá. Su realidad es distinta y atemporal. El dolor que descubre es un velo tenue y trémulo, tejido de dolor y pasión, de angustia y sufrimiento, es un enigma. Unos hilos tenebrosos mueven la acción y atan los pensamientos, mientras que una luz mística y desconocida ilumina el escenario con el color negro.

Comentarios

almena ha dicho que…
mmm María ¿qué decir?
es el mejor comentario que he leído sobre Hamlet. El más profundo, el mejor elaborado, el que bucea a la vez entre lo más tangible y lo más recóndito del ser.
Me ha gustado muchísimo.

Besazo!
reikiaduo ha dicho que…
Buenaaassss, no sé qué querrás decir (y transmitir) con eso de mística, por ejemplo, con lo de una mística luz en un escenario, o eso otro de la hora de la mística; en fin, solo son los consabidos problemas de la comunicación

Te diré lo que entiendo por ella. Simple. Cuando se define a los Sufíes como "musulmanes impacientes", porque no esperan a ningún proceso postmortem para poder disfrutar de la dicha del, digamos, llamado cielo.

Bueno no hay duda de que un Sufí es un místico con toda la barba