Efecto placebo

Desde hace miles de años la humanidad padece artritis, cáncer, infecciones, lesiones…, estas dolencias fueron tratadas hasta hace muy poco como causas de la ira divina o de espíritus diabólicos y no como dolencias y procesos naturales, de ahí que se incluyeran en la categoría de los fenómenos sobrenaturales. De esta concepción se derivan prácticas tan disparatadas como la de perforar o trepanar el cráneo del paciente para que escaparan los demonios. En las tablas sumerias escritas hace unos cuatro mil años se describen remedios curativos como el uso de las heces humanas en forma de loción para repeler a los malos espíritus, o la ingestión de excrementos de gatos y cerdos para purificar el cuerpo.

Salvo por el empleo de algunas hierbas medicinales que servían para aliviar desarreglos leves, hasta el siglo XIX se sabía muy poco de las enfermedades y menos aún de cómo curarlas. Recordemos que la penicilina fue descubierta en 1928 por Alexander Fleming y que no apareció en el mercado hasta más de una docena de años después. Esto sugiere que el efecto placebo tuvo un papel primordial en la medicina, es decir, que el enfermo mejoraba o sanaba después de ingerir una sustancia inocua o de someterse a una intervención sin ningún valor terapéutico.

Hoy está sobradamente demostrado que entre un 25 y un 50% de los enfermos comunes mejora o se cura después de haber tomado sustancias que no afectan para nada a su enfermedad. Es un hecho que los pacientes convencidos de que el remedio que toman aliviará su enfermedad tienen mayores probabilidades de estimular sus defensas naturales y así sanar por sí mismos. Y es que en el terreno de la enfermedad ha quedado patente el poder de la fe para mover montañas.

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