Escribir

Comienza el ritual. Te sientas en la silla y colocas las manos sobre las teclas. Como un pianista ávido por desgranar compases, tú vacías tus pensamientos de palabras. Escribes. Escribes en la soledad de tu guarida, con el bullicio de un bar como fondo, entre teléfonos que suenan y compañeros que entran y salen. Escribes porque no sabes hacer nada mejor en esta vida, porque escribir es lo mejor de vivir. Escribes por escribir. Escribes sin escribir. Escribes para seguir vivo. Escribes por no morir. Escribes, escribes, escribes.

La imaginación es un tirano poderoso, maravilloso. Te somete y te espolea. Te muestra caminos verdes y te abandona en los desolados páramos de arenas movedizas. Escribes, reescribes, repasas y corriges. Arañas minutos de aquí y de allá y mientras tu cuerpo se ocupa de realizar escrupulosamente tus obligaciones diarias, la mente escribe: discurre frases, ordena ideas, juega con las palabras hasta darles el sentido adecuado, se lanza a la captura de ese sinónimo escurridizo… Puedes preparar la cena o asistir a una reunión laboral, pero tú sigues escribiendo, nada desvía a la mente de su cometido.

Llegas a una encrucijada y no sabes por dónde tirar. Vuelves atrás por aquella ruta que hace sólo unos segundos conducía directa al punto de destino. Te desalientas. Has perdido las referencias, te has perdido en el bosque de las palabras y decides prender una hoguera con ese montón de papeles que has acumulado. Te duele desprenderte de esos renglones porque están escritos con la tinta de tu sangre, pero necesitas su luz, y vuelves a comenzar una versión y otra y otra, porque adivinas que de aquella morralla saldrá algo, tal vez el libro que deseas escribir.

Al ritmo frenético del día siguen las noches preñadas de dragones que te devoran. Intentas dormir y, sin embargo, escribes. Escribes capítulos enteros en el vacío. Mientras todos duermen, tú te dedicas a escribir, y ni el susurro del amante que te dice muy suave: descansa, puede detener el ritmo de los pensamientos.

La batalla es dura e indispensable, porque sabes, y quizás sea la única certeza, que estás vivo porque escribes y que la muerte llegará cuando dejes de escribir.




Comentarios

Andres ha dicho que…
Hay ciertas similitudes entre escribir y tocar el piano, pongamos por caso. En esos momentos en que estás solo/a contigo mismo. La imaginación vuela en ambos, las manos ejecutan y gozas con lo que salen de ellas. Hay sin embargo una sutil diferencia y es que mientras al escribir reescribes, repasas y corriges para que alguien te lea más tarde y comparta lo que tu imaginación te ha dictado. Al tocar el piano, tus manos interpretan y tú te conviertes en intérprete y oyente de ti mismo. Trabajas "on line" pues si alguien te está escuchando también corriges sobre la marcha.
Por eso el mayor disfrute en ambos casos es cuando estás contigo mismo y para ti mismo.
Javier ha dicho que…
Veo que el capitán Wundt te sigue llevando por la calle de la amargura. Lo que describes es la neura típica de cualquier buen escritor que se precie, de esos que, como tú, escribe con la cabeza y con las tripas. Por eso parir esta novela te está costando tanto. Sólo deseo que algún editor te la publique y que todos podamos disfrutarla.

Abrazos y ánimos. Ya falta menos.
Tere Rubio ha dicho que…
No imaginaba que ser escritor fuera un trabajo tan obsesivo. Lo describes de una forma muy ilustrativa. Recuerdo que en “Música para camaleones” Truman explica algo parecido, él también habla del tormento creativo y de las satisfacciones que produce. Se me quedó grabada la imagen del escritor con los naipes en una mano y el látigo en la otra. Espero que tú tengas una escalera de color. Saludos.
Toy folloso ha dicho que…
Salgo clavao en esta foto, María.
¿Y el sinónimo escurridizo?. (Vaya cabrón).
Chusé Biel ha dicho que…
Seguro que te sale el libro que deseas escribir. Aupa, maña.
almena ha dicho que…
mmm ¡cómo me ha gustado este post, María!.
Y me encanta que tu imaginación te tiranice, te exclavice, te haga trabajar a horas y a deshoras...
:)