Votar, sí. Pero ¿a quién?

Mi generación vivió a caballo entre la dictadura y la democracia. Tras la muerte del dictador, el pueblo recuperó la palabra y la sociedad se ilusionó con aquel “cada mujer-hombre, un voto”. Eran tiempos de cambio, de esperanza en un futuro mejor. Pero durante los años que lleva en vigor la democracia en España, los partidos políticos le han ido robando poco a poco la soberanía al ciudadano: el sistema de representación es demasiado rígido, las listas de candidatos son cerradas, existe disciplina de voto, la distancia entre el elegido y sus electores es ya inmensa y se confunden los medios con los fines, que no pueden ser otros que la defensa de la libertad individual y de las instituciones. Por eso no es democracia propiamente dicha la que se halla sometida a las oligarquías de los partidos, cuyas cabezas visibles y destacadas representan a un porcentaje mínimo de votantes, porcentaje cada vez más ínfimo si nos fijamos en los elevados índices de abstención. Los cargos políticos deben su escaño o su concejalía al partido, a quien le ha colocado en el puesto: el partido, que exige, en contraprestación, una disciplina de voto mediante la cual no se defienden los intereses del ciudadano sino los partidistas. Así tenemos que la política es un rebaño de profesionales sumisos y sin ninguna iniciativa personal. Ahora es tiempo de elecciones. Todos deberíamos votar, elegir a nuestros representantes en las instituciones. Pero casi ningún candidato se merece el voto. Estamos hartos de que nos prometan un mundo mejor envuelto en discursos demagógicos, unos y otros se insultan, se acusan, pero no plantean ni una propuesta clara y posible.

Yo echo en falta un auténtico discurso de izquierdas, a favor del obrero y de los más desfavorecidos. El ciudadano tiene problemas, con el sueldo que gana (si trabaja) no llega a fin de mes, no puede aspirar a una vivienda o está hipotecado de por vida, espera años para someterse a una operación quirúrgica, no percibe una paga mínima que le permita subsistir con dignidad, el anciano es atendido por mano de obra extranjera porque todos en casa trabajan, hay personas ilegales porque no tienen papeles para trabajar y que no trabajan porque no tienen papeles, las zonas marginales y paupérrimas aumentan en las ciudades, los casos de corrupción salpican a todos los partidos…

Un estado no será nunca un estado ético si no es capaz de servir a su pueblo, y aquí ya no sabemos a quién votar puesto que no conocemos a las personas destinadas a representarnos, porque los candidatos se han vendido a intereses espurios y carecen de una firme voluntad para que la sociedad dé un vuelco, porque no existe un proyecto que nos ilusione, porque vivimos con la sensación de ir a la deriva y estamos empezando a resignarnos.

Comentarios

elzo ha dicho que…
Resignarse espero que nunca pero casi con total seguridad yo al menos no tendré más remedio que abstenerme.
Eresko ha dicho que…
Comparto el hecho de que la distancia entre el pueblo y sus representantes es demasiado larga. Creo que no se tratan, como bien dices, los problemas reales del dia a dia. Vivimos en una pugna por el poder dónde lo que menos importa son las personas