Nubes

Cirros suaves y sinuosos que parecen sutiles pinceladas blancas en el cielo. Cirrocúmulos que se deshacen y reordenan en el juego del aire. Cirroestratos con apariencia de velos estriados que producen halos luminosos que circundan la luna. Nimboestratos grises que albergan las lluvias primaverales. Estratocúmulos que se extienden ondulando en ocres húmedos con los que el crepúsculo anuncia su llegada. Cumulonimbos que parecen escollos montañosos que auguran intensas tempestades y el peligro de granizo…

La variedad de nubes, su fascinante belleza evanescente y su misterio han cautivado al hombre desde la antigüedad. En China se las consideró el viaje del alma de los inmortales, la transformación que debía producirse en el sabio para conquistar la eternidad y un importante método de cálculo y orden que inspiró al emperador Huang-ti a regularlo mediante el estudio de las nubes. Los griegos les concedieron dones de fecundidad y un carácter mitológico para explicar que de la unión de Ixión y Gran Nube nacían los centauros y que, según la comedia de Aristófanes, las nubes coronaban islas y fuentes porque eran hijas fugitivas del océano.

Ejemplos de esta antigua seducción humana por la nubes que también aparece en la historia de la pintura, poblada de maestros como Boticelli, Friedich o Magritte entre otros, que plasmaron en sus lienzos la luminosidad y las caprichosas formas de este fenómeno que Luke Howard estudió a fondo para escribir en 1803 “Clasificación de las nubes”, basándose en sus formas más habituales, dándoles nombres latinos y utilizando la observación científica para publicar, unos años después, el primer libro de climatología de Londres.

Comentarios

Indigo ha dicho que…
Retratista de nubes, a menudo lo deseo para mí.
Saludos.
almena ha dicho que…
Sí.
También en mí ejerce una especie de fascinación el contemplarlas cómo corren, cómo se deshacen y rehacen en formas nuevas...

Besos, querida María