Gilda



La ves y es imposible olvidarla. Ella se mueve como jamás nadie se ha movido sobre un escenario. Su voz sensual y sugerente es lo de menos: derrite al público con su mirada, su roja melena seduce, su sonrisa hechiza y sus caderas enardecen al más pintado. Actúa en un casino de Buenos Aires. Entre su repertorio: “Amado mío”, para calentar motores, y “Put the blame on mame” para quedarse por siempre en nuestra retina. Canta sólo para él, Johnny Farell, es el afortunado destinatario del veneno de su amor, pero la disfrutamos todos.

Avanza por el escenario con ese contoneo de caderas sinuoso que abre la falda de su vestido para mostrarnos la pierna de una bailarina consumada. Sus intensos labios rojos ansían un beso y ella sabe cómo lograrlo, le basta con quitarse un guante para quemar en las llamas de su erotismo al público que la contempla arrebatado. Su espléndida belleza hace el resto, ella es la “Diosa del amor”, capaz de embelesar con una simple insinuación más que ningún otro mito erótico.

"Hago lo que quiero, cuando quiero y con quien quiero" y “si fuera un rancho, me llamaría Tierra de Nadie”. Una provocación que escandalizaba en 1946 y que hoy es una declaración de principios para cualquier mujer. Nunca conseguía cerrar las cremalleras, pero Rita (Gilda) Hayworth ha logrado pasar a la historia del cine vestida de negro satén y lanzándonos una mirada excitante que obliga a creer en los sueños.

Comentarios

almena ha dicho que…
Cierto.
Nada que añadir. Tú lo has bordado.

:)