El monumento de la discordia

El próximo 21 de abril, está previsto que se inaugure en El Paso (Texas) una estatua ecuestre de Juan de Oñate, conquistador de origen español que organizó una expedición para encontrar el mítico Reino de Quivira y las siete ciudades de Cíbola, con sus ríos de esmeraldas que arrastraban pepitas de oro.

Diez años ha tardado el escultor John Sherrill Houser en erigir el colosal monumento de 11 metros de altura, que se integra en un grupo escultórico de doce figuras conmemorativas del pasado histórico de Estados Unidos. Pero grupos de activistas indígenas consideran a Oñate un genocida de su pueblo y están organizando movimientos de protesta.

Según una de las versiones, los hechos se desarrollaron más o menos así: Villagrá, uno de los capitanes de Oñate, iba cabalgando solo en medio de una tormenta de nieve cuando su caballo cayó en una trampa y murió. Los indios de Acoma, en Nuevo México, acostumbraban a colocar trampas para cazar, pero Villagrá se lo tomó como algo personal, pensó que los indios iban a por él, que el accidente era una emboscada, y se le despertó el instinto de venganza. Se reunió con Juan de Oñate y sus hombres y juntos fueron a enfrentarse con los indígenas. Unos armados con piedras y lanzas, los otros con sus armas modernas, sus caballos y sus armaduras. Los indios defendieron su pueblo casa por casa y los españoles las iban quemando una a una según ganaban posiciones en la desigual batalla. Cuentan que algunos indios, antes que rendirse, prefirieron asesinar a sus familias y luego darse muerte ellos mismos.

Después de tres días de sangrienta lucha, se hicieron muchos prisioneros, unos quinientos, que fueron llevados a juicio en Santo Domingo. Una pantomima que culminó con una sentencia ejemplar: todos los hombres mayores de veinticinco años perderían un pie; todas las mujeres, los niños y jóvenes serían sometidos a veinte años de servidumbre. Para demostrar que la autoridad de los españoles no podía cuestionarse, Oñate amplió las amputaciones, que se llevaron a cabo en distintos pueblos. La crueldad con que se actuó fue tan grande que incluso algunos españoles calificaron la decisión de Oñate como: “demasiado cruel”.

La animosidad contra Oñate crecía entre su propia gente, que clandestinamente envió una carta al virrey denunciando sus abusos. Finalmente, Oñate es juzgado y hallado culpable por sus actividades en Nuevo México, de donde fue desterrado a perpetuidad. Regresó a España e intentó limpiar su nombre. Felipe III le concedió el cargo de real inspector de minas.

Con tales antecedentes, se entiende que los indios no deseen mantener vivo el recuerdo de Oñate.

El ayuntamiento de El Paso, intentando limar asperezas, ha aprobado una resolución censurando el nombre de Oñate en el monumento, y su alcalde, John Cook, se ha comprometido a ofrecer su mediación personal para que los nativos logren un tratado de paz con España. Entre tanto, la embajada española en Washington estudia la conveniencia de presentarse o no a la inauguración de la controvertida escultura.

Comentarios

Javier ha dicho que…
A mí tampoco me gustaría verle la cara al menda que machacó a mi pueblo.