Inmunes

Una de las frivolidades que se pueden cometer al intentar relatar un desastre es reducirlo a un guarismo. Seis millones de judíos exterminados, produce el mismo efecto que decir veinte. Da lo mismo. Sólo son números. Números de muertos por las guerras, por el hambre, por las limpiezas éticas, las torturas... En aras de la objetividad informativa, la prensa y la televisión acaban inmunizándonos.

Muros, estelas funerarias con los nombres de miles de muertos por el holocausto, por la Guerra Mundial, por la de Vietnam… Con todo, todavía hay quien se pregunta si sirve de algo volver sobre lo mismo, si no es mejor olvidar. Pero lo peor que le puede pasar a la humanidad es olvidar la barbarie, plantearla como otro epígrafe más de la historia. Se podrá alegar que siempre han ocurrido desgracias, lo cual no quita ni un ápice de importancia ni efectividad al recuerdo. ¿Qué se gana con revivir el horror, con narrarlo? Si, como suponía Shakespeare, estamos hechos de la misma materia con que se fabrican los sueños, quizás recordar el calvario de un inocente, dote de algún sentido al absurdo, sirva al menos de lenitivo.

El muerto corre el peligro de convertirse en un dato, en una prueba más, en un mero documento. Y para recordar lo que es una vida, el valor de todas las vidas, ha de prevalecer la realidad. El olvido sería el triunfo de los violadores, los torturadores, los asesinos…

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