Eppur si muove

La Iglesia, la religión y, en última instancia, Dios, se han opuesto al progreso. El dogma, el fundamentalismo de las certezas, contra el convencimiento tozudo de que el poder de la ciencia no tiene límites, y en medio la mujer.

Cuando se descubrió la anestesia, se recomendó su uso para mitigar el sufrimiento de las parturientas y el clero intervino para recordar la severa advertencia de Dios a Eva: "Parirás a tus hijos con dolor" y oponerse a extender las ventajas de la analgesia en beneficio de la mujer. En 1956, Pío XII proclamó que la Iglesia ya no se oponía a este avance de la ciencia, pero la polémica no cesó.

Los absurdos teológicos son abundantes y en buena parte de ellos la mujer resulta gravemente perjudicada. Voltaire calculó al cristianismo un millón de víctimas por siglo, se quedó corto. Hoy son varios millones las mujeres que no pueden divorciarse, abortar, usar anticonceptivos... por motivos religiosos.

La religión se ha estancado. Roma no ha podido frenar la revolución copernicana, ni el derecho al libre albedrío que reclamó Erasmo, ni el kantiano: Atrévete a pensar, que sacó a la humanidad del oscurantismo, ni la ridiculización del dogma genesiaco sobre la creación que supuso la teoría de Darwin. El mundo no para de moverse y, pese a todo, a veces, el hombre también sigue pensando libre.

¡Eppur si muove!, chicas.

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