El legado árabe

Las civilizaciones son deudoras unas de otras. Grecia de Egipto, Roma de Grecia…

La cultura árabe también se nutrió de otras civilizaciones, la prueba está en el trabajo de los numerosos traductores, gracias a los cuales se han preservado los cimientos de la civilización occidental, revalidando el principio de Mahoma: “La tinta de los sabios es más sagrada que la sangre de los mártires”. Esta consigna se acató de una forma obsesivamente divulgativa y la cultura musulmana asimiló el pasado tanto como fue pionera en muchos órdenes del saber. Aportó sus contribuciones a nuevas disciplinas como el álgebra, la trigonometría o la ciencia del tiempo, y mediante las matemáticas dio un aspecto formal a la arquitectura, a la música y a la decoración, especialmente en razón de la teoría de las proporciones. Avicena y Averroes impulsaron la filosofía. La astronomía y la astrología, la medicina y la farmacopea, la cartografía, la energía hidráulica, el laúd o el astrolabio son pruebas del esplendor musulmán que nos recuerdan que hubo un tiempo, cuando el Islam abarcaba desde los Pirineos a las puertas de China, en que en sus dominios tampoco se ponía el sol.

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