Los límites de asesinato

“Una gran nación, que se ha formado en libertad, con un gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo, no tiene derecho a abusar así de la confianza, la valentía, la resistencia y el sacrificio de sus soldados, que son sus propios hijos e hijas.

Es verdad que, en última instancia, los soldados no combaten por el rey o por el país. Luchan, antes que nada, por sobrevivir y, en segundo lugar, para no fallar a sus camaradas. Algunas veces, puede que estas prioridades tengan distinto orden, pero en algún lugar de la mente del soldado norteamericano se encuentra la fe infantil en que aquel horror puede serle útil a la nación. Traicionar esta fe, como hizo la administración del presidente Jhonson en Vietnam, es despreciable. Y posiblemente esa traición haya matado para siempre la fe infantil de los soldados de la nación”.
Teniente coronel Charles F. Parker.

La guerra de Vietnam supuso un abuso masivo de las vidas y las mentes de los tres millones de soldados enviados a combatir. Estados Unidos no sentía ninguna preocupación por Vietnam, ni codiciaba, ni necesitaba o dependía de nada que tuviera este país. Sin embargo, durante seis años se intentó afianzar de una manera brutal y corrupta el posicionamiento internacional de un gobierno cuya estrategia radicaba en conseguir el reconocimiento como nación dominante, como líder mundial.

Los combatientes lucharon con ingenuidad y lealtad, por amor a su país. Fueron al sudeste asiático para matar a los malos y para ayudar a los buenos, que resultaron ser sólo uno, otro régimen político demasiado corrupto para salir adelante por sí mismo. Pocos norteamericanos creían que en Vietnam se estuviera dirimiendo algo realmente importante desde el punto de vista personal. La tropa mataba norvietnamitas y soldados del Vietcong porque si no lo hacía, iría a la cárcel. En estas condiciones, los soldados mataron, pero superaron sus límites naturales de aceptación de la violencia en el contexto de lo que Vietnam significaba para ellos, que era casi nada. Para la mayoría de ellos, la guerra no era necesaria y carecía de sentido.

La matanza innecesaria hizo que muchos soldados enloquecieran, aunque todo el daño psicológico que tuvieron que soportar aquellos hombres no se debía a haber tenido que obedecer unas órdenes descabelladas con el fin de matar a un millón de soldados norvietnamitas, guerrilleros del Vietcong y civiles, ni siquiera a haber presenciado las horribles mutilaciones y la muerte de sus compañeros de armas, sino a que luchaban por “nada”. Para los soldados, no había nada en juego en Vietnam, salvo su propia vida.

La guerra de Vietnam puso de manifiesto el límite instintivo que impone la psique humana ante el hecho de matar: para decidirse a matar, el asesinato debe estar totalmente justificado en la mente; de no ser así, ésta deriva hacia la locura.

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