Qué asco de mundo

Todas las clases de mi colegio tenían una hucha-chinito en la mesa de la profesora y cada año unos misioneros nos visitaban para explicarnos cómo daban de comer a los niños hambrientos de África o de China con el dinero que metíamos en aquella hucha. Nos hablaban de lo afortunados que éramos nosotros, ciudadanos del primer mundo, y de penalidades y sufrimientos que ocurrían en remotos países. Estas visitas pedagógicas, llamamientos a la rascada de bolsillo, pretendían hacernos pensar que vivíamos en Jauja, aunque yo nunca me dejé engañar, pues conocía realidades lamentables: familias numerosas mantenidas por un padre que trabajaba a destajo en la construcción o en una cadena de montaje o, peor aún, que carecía de empleo y de subsidio porque había contraído una enfermedad laboral crónica no reconocida. Madres extenuadas que por cuatro chavos limpiaban casas ajenas y cuidaban los hijos de mujeres más afortunadas. Niños que heredaban la ropa vieja de sus hermanos mayores y soñaban con ese fuerte Comansi que los Reyes Magos no podían comprarles. Y es que en el tercer mundo, en el primero y en el segundo cuecen habas.

Crecí y me integré como pieza activa del engranaje de esta sociedad capitalista en la que me ha tocado vivir. Ya en mi primer empleo descubrí qué es la pseudoesclavitud: horas extras no remuneradas, desarrollo de funciones que no se correspondían con mi categoría, intento de ejercer el derecho de roce por parte del jefe, salario base..., y mientras veía pasar las semanas hasta que el calendario indicaba el último día del mes: San Cobrando, la festividad más celebrada por el obrero en este jodido planeta, aspiraba a un mundo justo, porque en mi “maravilloso” primer mundo sólo atan los perros con longaniza unos pocos: los ricos.

Ha volado el tiempo y sigo observando la misma sociedad de entonces. En el fondo, nada ha cambiado. Nos mueve la inercia y somos adictos al dinero. Nadie llega a fin de mes, se es prisionero de la tarjeta VISA, se soporta la losa de una hipoteca, se consume a todo trapo, compramos productos de los que podríamos prescindir fácilmente. El consumismo es una droga legal que hace girar el mundo que hemos creado a lo largo de los siglos y de la que no podemos desengancharnos. Fundimos el sueldo del mes en ese televisor de plasma que sintoniza quinientos canales; no es que nos haga falta, de hecho, ya tenemos televisor; no es que el otro esté averiado, de hecho, es nuevo y funciona perfectamente, pero hace un par de años que lo pusimos en la sala y nos hemos hartado de verle la pantalla. Así que necesitamos comprar uno nuevo. Lo ne-ce-si-ta-mos. Necesitamos consumir, gastar, y para ello hace falta dinero. Esto no sólo ocurre en el plano individual, también sucede a gran escala, en el ámbito de la economía mundial, en las empresas, en la política..., allí donde se gestione dinero. Un dinero que satisface los deseos de un planeta adicto al consumo. Los que trincan más, gastan más, los demás gastamos menos, pero todos gastamos. Lástima que el dinero se acabe. Para estas situaciones de crisis hemos inventado la palabra déficit, para ocultar que estamos enganchados hasta el tuétano.

Quien nada tiene nada puede perder y al que tiene mucho le aterra la idea de perderlo todo. Así que en el primer mundo vivimos muertos de miedo. Miedo a que venga gente de fuera y nos quite lo que tenemos. Miedo a que en cualquier esquina, y a corte de navaja, te birlen la cartera. Miedo a perder el estatus. Miedo a que nos roben el coche a medio pagar. Miedo al terrorismo, al paro, a la integración, a saber, a que nuestro equipo de fútbol pierda el campeonato, a que un meteorito nos mande a hacer puñetas... El miedo se ha potenciado para mantener el equilibrio necesario y que todo siga igual, sin grandes cambios. El primer mundo disfruta del bienestar que proporciona disponer de infinidad de productos que consumir. Productos que forzosamente han de ser baratos, y esto se logra disponiendo de una fábrica que no discuta las condiciones de trabajo: el tercer mundo. El orden establecido se vendría abajo si el tercer mundo reclamara lo que es justo: sería imposible que los explotados del primer mundo pudieran consumir y por ende ser felices. El truco consiste en mantener todo como está.

En fin, que éste es el asqueroso mundo en el que nos encontramos. Un primer mundo blindado, conservador, capitalista y agresivo que se abastece del tercer mundo, de gentes a las que se controla mediante la pobreza para que no dejen de proporcionar lo que se necesita. Para que la jugada sea maestra, es imprescindible que la conciencia del primer mundo siga abotargada, que nadie se sienta culpable, que todos sean individuos asilvestrados y embrutecidos. Cuanto más tontos, mejor. No sea que a alguien se le encienda la bombilla y le dé por cambiar las cosas. La pervivencia del sistema depende de perpetuar el aborregamiento, de impedir que se use el coco, y la tele funciona de maravilla aplicada a este objetivo. Programas basura digeridos con deleite, intrascendencia, subproductos. El caso es mantenernos drogados y con la función del pensamiento crítico desactivada.

En el primer mundo se nos droga y en el tercer mundo se les ahoga. Con unos emplean la televisión y con otros la miseria. El recurso funciona hasta que a los que les toca producir ven la tele y se les ponen los dientes largos con lo que tenemos aquí, entonces les falta tiempo para subirse a una patera y venir a reclamar su trozo de pastel, de ese pastel que ellos y sus compatriotas han cocido para nosotros. No saben que en la playa hemos puesto unos vigilantes vestidos de verde que los devuelven a la fábrica donde durante veinticinco horas diarias cosen ropa de diseño que ellos jamás podrán costearse. Y, como es lógico, se cabrean. Se convierten en fanáticos religiosos, ponen bombas. Es la guerra, más madera. Un bando quiere destruir aquello que no puede alcanzar y el otro bando controla, no sólo por la pobreza, sino también por la fuerza. Se trata de que nada cambie.

Son legión los consumidores de esa droga dura llamada dinero, y viven inmersos en una vorágine que los devora. Muchos no son conscientes de que la porquería televisiva ha infectado sus cerebros y les ha robado el seso. La mayoría cree en los dogmas de fe que le venden los medios, es más cómodo creer que cuestionar. Pero existe una luz para aquellos que quieran ver. Debemos usar las neuronas, pensar, leer, indagar, contrastar opiniones, abrirnos, escuchar a los que tienen algo interesante que decir. Exijamos y luchemos, que nadie decida por nosotros, porque todos somos esclavos en este centro comercial llamado mundo y seguiremos siéndolo si nos conformamos sin hacer nada.

Comentarios

almena ha dicho que…
Aunque en esencia es exactamente tal como lo dices, María, yo pienso que, si bien es posible que cada vez seamos más exclavos del consumismo inútil, también es verdad que ahora tenemos un criterio más independiente y somos capaces de pensar por nosotros mismos, capaces de tener una opinión libre y autónoma.
Cierto, aunque muchas veces no nos sirva de mucho...

Un abrazo grande
Andrés ha dicho que…
Ojo no mezclemos lechugas con zanahorias. Los que ponen bombas no son precisamente los explotados y hambrientos.
En muchos de esos paises del cono sur tienen unos recursos naturales ,por ejemplo petróleo, que ya los quisieramos los del norte.
Luego tenemos África donde ya han pasado años desde que se independizaron y todavía no han aprendido o no quieren aprender a convivir y repartir. Ahora mismo me estoy acordando de la lamentable visita del octavo hombre más rico del mundo (o cerca anda) a España: El presidente de Guinea Teodoro Obiang donde obtienen a diario petróleo equivalente al número de habitantes del país. Un poco más arriba se encuentra Nigeria, lo mismo de lo mismo. Sudán donde un hijo puta ha prohibido que personal de Naciones Unidas vaya a asistir a una población hambrienta y moribunda.
Hay informes espeluznantes de como se desvía ayudas, cancelación de endeudamiento, ayudas tipo 0.7 % etc... ¡¡ Es que el malo del norte!! Indudablemente hay mucho de ello, pero ojito no nos dejemos "culpabilizar " fácilmente por una lectura de "movilización de conciencias". La cosa tiene más tela de lo que parece.
Hau angelitos negros y blancos así como diablos blancos y negros.
Andrés ha dicho que…
Llamemos a las cosas por su nombre.
En cuanto al consumismo: si tienes una tele que te funciona, unas zapatillas que están bien, unos programas televisivos que no te gustan y lo quieres cambiar, aunque tu economía no te lo permita, por una tele de pantalla plana, unas zapatillas de la marca ADDIDAS y te tragas una telebasura, no es que seas víctima del consumismo es que eres tonto. El término "tonto" no lo aplico al que por desgracia por sus genes así ha nacido, sino al que "se hace tonto" por seguir esas enseñanzas consumistas.
chusé ha dicho que…
Me gusta cuando te enfadas... porque te pones reivindicativa.

Como siempre, adoro tu clarividencia y tu ironía para describir el World-Hipermarket donde unos cargan sus carros rebosantes de trastos inútiles y otros hurgan en los contenedores de basura. Los que no pueden comprar, tienen la opción de robar, el caso es no salir con las manos vacías porque tanto tienes, tanto vales.

En todos los mundos que están en éste hay ricos y pobres, jefes y esclavos, gente vacía por dentro que suple sus carencias con cualquier bazofia. No se puede pensar, pensar equivale a reconocer que llevas una vida miserable atado a la hipoteca del piso, a las letras del coche, a los plazos de la lavadora, al contrato basura, así que enciendes la tele y miras cómo son otras vidas miserables: la de la gente de Gran Hermano, la de OT o del Tomate. El consuelo de los gilipollas es que “semos” muchos. Todos acogotados e intentando sobrevivir sin saber muy bien cómo.

Besicos.
Vuelo811 ha dicho que…
El problema del capitalismo es que podemos hablar de el cuanto queramos, tiene unos cimientos tan profundos que seguirá a pesar de todos nuestros esfuerzos por derrumbarlo.
Podemos hablar de lo tontos que somos al comprar cuatro televisores por casa o dos móviles por persona, de dónde está el dinero para obras humanitarias o de si ver o nó gran hermano. Hablar, hablar … El problema es mas profundo amigos, el problema es que nos han enganchado con la droga de la inercia.
Trabajamos pera poder pagar una casa donde vivir pero casi no podemos disfrutar de ella porque debemos trabajar todo el día para pagarla. ¿No veis el engaño ahí? Es el truco de esta sociedad de bancos y S.A y S.L. Trabajar horas gratis para un banco o una empresa que depende de un banco y devolverle el dinero al mismo banco para pagar tu casa sobrevalorada en un 300%.
Y como buena droga solo existen dos formas para dejarla: o mueres de sobredosis o te sales de ellas. Ya no podemos cambiar el efecto de las drogas que nos inyectan, estamos demasiado enganchados para controlarlas. Sólo nos queda el salirnos totalmente de ellas, intentar sacar el máximo partido de esta sociedad riéndote de ella.
Porque no nos engañemos, ya estamos en las últimas, somos como toxicómanos carentes de expresión deambulando por las calles y por el metro a las mismas hora punta corriendo para ver nuestra serie favorita a última hora de la noche. Plantearos como estamos cuidando nuestra vida para que ese sea nuestro momento favorito del día. O peor aún, deseando que pasen rápido cinco días de la semana, una semana menos de tu vida, para que llegue el fin de semana y puedas disfrutar un poco. La sobredosis está cerca amigos y seguramente la veremos. Pues me niego a pasar el poco tiempo de vida de que dispongo así. Tenemos la suficiente inteligencia para cambiar el camino y no llegar a esa espiral, ahora sólo falta saber si tendremos los suficientes cojones.