Hombres y mujeres

Una valoración de las diferencias sexuales podría promover un cese el fuego en la batalla de los sexos, más fácilmente que la ingenua promulgación de "la buena nueva" de que no existen diferencias de importancia.

Vivimos en un mundo tecnológico, pero estamos todavía equipados genéticamente con sólo una antigua herencia mamífera primate que evolucionó en gran parte gracias a adaptaciones adecuadas a tiempos mucho más antiguos. En otras palabras, durante millones de años hemos vivido en una sociedad sexista. No podemos cargarnos nuestra evolución de la noche a la mañana.

Enfurecerse por la masculinidad innata del hombre es tan útil como enfurecerse por el tiempo que hace. No obstante, algunas mujeres creen que la única salvación se encuentra en cambiar el paisaje entero de nuestro planeta social y sexual. Contamos con la tecnología, alegan algunas extremistas, para hacer desaparecer las diferencias biológicas entre los sexos. La extracción menstrual, la concepción en tubos de ensayo, la crianza en laboratorio harán del embarazo y del sexo algo superfluo, los hombres también lo serán, salvo como ganado de pedigrí donante de esperma en los corrales, si bien las técnicas de congelación podrían resolver incluso este problema.

Eso queda muy bien, en tanto estemos satisfechos con limitar las diferencias biológicas al hecho de que las mujeres lactan y conciben y los hombres no. Pero las diferencias, como ya sabemos sin duda alguna, van más allá. Están en el cerebro, en su estructura, en sus prioridades y estrategias. Están en el centro de nuestro ser. Reducir las diferencias simplemente a las de la reproducción equivale a negar no sólo la verdad científica, sino también la esencia misma de nuestra humanidad, ya sea ésta masculina o femenina.

El problema es que son los apóstoles de la igualdad sexual los que establecen el orden del día, promulgarían leyes y prohibirían libros sexistas en un vano intento por desviar a los niños de su identidad sexual natural. Pero la idea de que hemos nacido todos como una hoja en blanco, una tabula rasa, lista para que la sociedad escriba en ella su mensaje, es un sueño totalitario. Y si, después de todo, somos lo que somos debido a nuestra biología y la tarea de eliminar nuestras diferencias, ¿no es tan monstruosa e imposible como la de crear una raza dominante? Hay un inquietante olor a fascismo sexual en las premisas y en las recetas de quienes abogan por la neutralidad sexual.

El problema proviene de la confusión entre sexos e igualdad. Cuando de sexo se trata, la diversidad es un hecho biológico, mientras que la igualdad es un precepto político, ético y social.

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