Cementerios

La posibilidad de conservar el ADN de los difuntos, que algunos servicios funerarios ofrecen, pone de manifiesto el problema de los cementerios. Hace años, el ingeniero español Miguel Ángel Gallardo, planteaba el peligro que suponen los cementerios ubicados dentro de las ciudades. “Desde el respeto más grande por las creencias y preferencias personales –decía-, creo que los crematorios representan un gran avance. Personalmente creo que lo esencial, lo que nos trasciende, no puede guardarse en un panteón de mármol, ni de caoba, sino en un papel o en un liofilizado de ADN”. Gallardo, como empresario de nuevos proyectos de biotecnología, expuso a la Unión Europea un tratamiento revolucionario para los cementerios.

¿Son lógicas estas extensiones de terreno, próximas o integradas en las ciudades, que después de cada lluvia filtran a la tierra residuos de todo tipo? Desde un planteamiento exclusivo de salud pública, no parece que sea ni lo más útil ni lo más recomendable.

Para Gallardo, el cementerio es un ecosistema singular. En su propuesta a la Unión Europea dice, en síntesis, que el cementerio es como un particular vertedero en el cual algunas dimensiones, estructuras, climas y sustancias condicionan la filtración a los acuíferos subterráneos de los restos biológicos y la proliferación de una fauna y una flora relacionadas con la putrefacción. “La putrefacción tiene lugar en diversas fases que dependen de la humedad, temperatura y condiciones extremas. Se observa que gran parte de las bacterias que sirven para digerir los alimentos en el intestino, son, precisamente, las más activas durante la putrefacción, en la que se liberan gran cantidad de gases y líquidos. Pero con nuestras propias bacterias no es suficiente, y hacen falta algunas más que quizá no están presentes en el terreno, por lo que se tarda demasiado tiempo en realizar una correcta y completa putrefacción. Antes puede haber llovido mucho o haberse presentado un microorganismo menos deseable”.

Por otro lado, la construcción y el mantenimiento de cualquier cementerio, ha de tener muy en cuenta la geología y la hidrodinámica del lugar. Si los terrenos son permeables es posible que, incluso a cierta distancia, pueda aparecer agua contaminada. En cambio, si son impermeables, es de temer que exista putrefacción sin oxigeno suficiente, que dará lugar a plantas, bacterias y pequeños animales transmisores de enfermedades para el ser humano. Algunas epidemias sólo se han podido explicar por la influencia de un cementerio como foco de infecciones y de plagas.

Debemos recordar que un cementerio no es un ecosistema natural. Ni siquiera en los grandes cementerios de elefantes se descomponen tantos órganos en tan poco espacio como hay en las sepulturas y nichos de muchos municipios. Por eso, Gallardo propone intervenir en el proceso de putrefacción que tiene lugar en los cementerios, para facilitar así la disposición de bacterias y enzimas no patógenas capaces de descomponer los cuerpos mejor y en menos tiempo, prácticamente sin contaminación de aguas. Añade que también conviene seleccionar mejor la flora para los cementerios según sea el clima.

La inmensa mayoría de cementerios necesita algún tipo de reforma y todos requieren un análisis diario, que raras veces se realiza. Las constructoras y el sistema de contratación municipal hacen inviables las pequeñas obras de mantenimiento o de reconstrucción, por lo cual se abandonan. Los médicos, biólogos, geólogos, urbanistas e ingenieros deberían disponer de recursos para estudiar los cementerios a fin de hallar soluciones concretas para estas “ciudades de muertos”, que, por descuido, desinterés o ignorancia, pueden llegar a ser perjudiciales para la salud de los vivos.

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