Contra la bomba atómica

El general Eisenhower declaró en una entrevista a la revista Newsweek (1963): “Japón estaba listo para rendirse y no era necesario golpearlo de esa manera tremenda”. El almirante Leahy reflexionó en sus memorias: “El uso de esta arma bárbara en Hiroshima y Nagasaki no supuso ninguna ayuda material en nuestra guerra contra Japón. Los japoneses estaban ya derrotados y listos para rendirse”. El general Mac Arthur reiteró en 1960: “No había ninguna necesidad militar de emplear bomba atómica en 1945”.

Si la oposición al uso de la bomba atómica fue importante en el ámbito militar, aún lo fue más entre los científicos y muchos de ellos se dirigieron al presidente Roosewelt para que detuviese el proyecto Manhattan. Ya en 1944, el físico danés y Premio Nobel Niels Bhor escribió al presidente de los Estados Unidos y a Churchill advirtiéndoles del peligro de las armas nucleares. En 1945 un grupo de 8 científicos atómicos encabezado por James Frank, y entre los que se encontraba Einstein, redactan el “Informe Frank” alertando a Roosewelt del peligro. Según parece, él no leyó este informe. El informe, suscrito esta vez por 64 científicos, fue enviado también al recién elegido presidente Truman el 11 de junio. Tampoco hay evidencias de que lo leyera.

Uno de los principales opositores a la bomba fue precisamente J. Robert Oppenheimer, el físico norteamericano de enorme prestigio y director científico del proyecto Manhattan para la fabricación de la bomba atómica. El 16 julio de 1945 la primera bomba de plutonio estalló al norte de Nuevo México, en Los Álamos. Oppenheimer, contemplando sus efectos devastadores citó un fragmento del milenario texto hindú Bhagavad Gita: “Soy la muerte, el destructor de mundos”. Más pragmático, Ken Bainbridge, director de las pruebas, añadió: “Todos somos ahora unos hijos de puta”. Einstein calificó la utilización de la bomba de "suicidio cósmico". Una vez observadas las consecuencias de la monstruosa explosión, varios de los creadores de la bomba dirigieron una petición al Gobierno estadounidense para que no se usase, pero, como todas las demás protestas, cayó en saco roto.

Tras el crimen perpetrado por las bombas atómicas sobre los civiles japoneses, numerosos científicos se manifestaron contra su empleo y su futuro desarrollo. Oppenheimer declaró que el mundo condenaría la fabricación de esta arma y dos meses después de Hiroshima, predijo: "La humanidad maldecirá los nombres de Los Álamos e Hiroshima", y dimitió como director del proyecto en octubre de 1945. Un año más tarde, en un encuentro con el presidente de Estados Unidos, le comentó a Truman: “Sr. presidente, tengo sangre en mis manos”. A lo que Truman respondió: "Fuera está el lavabo", y le dijo a su ayudante que "no le volviera a dejar entrar".

En 1949, Oppenheimer, entonces presidente del comité consultivo de la Comisión de Energía Atómica (CEA) de los EEUU, se opuso públicamente al nuevo plan para fabricar la bomba de hidrógeno, mucho más devastadora, al igual que todos los miembros de la comisión, que la acusaron de ser "un arma inmoral, costosa, e inútilmente devastadora”. Y esta denuncia le valió la exclusión de su cargo y pasar a la lista negra durante la caza de brujas del Macartismo. En 1954, J. Edgar Hoover, director del FBI, elaboró un informe para la Casa Blanca apoyando la acusación de que Oppenheimer era un "agente de espionaje". El comité de seguridad de la CEA, aunque sin demostrase que fuera culpable, lo apartó de todos los nuevos proyectos de investigación. Finalmente, cuatro años antes de morir, Oppenheimer fue rehabilitado.

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