Dibújame un cordero

El único habitante humano del asteroide B-612 ha cumplido 60 años, y en Francia celebran este aniversario del hijo más famoso de Antoine de Saint-Exupéry.

Los viajes de “El Principito” se han traducido a más de 150 lenguas, en todos los sistemas alfabéticos del mundo: cirílico, árabe romano, japonés, tagal, malayo…, y ochenta millones de personas tienen el libro que narra sus peripecias.

Pese a los años transcurridos, el Principito no ha perdido su costumbre de hacer preguntas y de buscar respuestas, aún conserva su bufanda, su contagiosa alegría, su sonrisa, su cabello rizado de color oro y su melancolía ante una puesta de sol. Vino a la Tierra a buscar amigos y encontró a un zorro que le pidió: “¡Por favor, domestícame!”. “Bien quisiera –le respondió él-, pero no tengo mucho tiempo. Tengo que encontrar amigos y conocer muchas cosas”. “Sólo se conocen las cosas que se domestican –le explicó el zorro-. Los hombres ya no tienen tiempo de conocer nada. Compran cosas hechas a los mercaderes. Pero como no existen mercaderes de amigos, los hombres ya no tienen amigos”.

En el asteroide B-612 no hay gran cosa: tres volcanes pequeños, una silla en la que sentarse a contemplar la puesta de sol, unas cuantas malas hierbas que hay que arrancar para que ninguna se convierta en baobab y una hermosísima y coqueta rosa que perfuma el planeta. Una rosa símbolo de los ideales que el totalitarismo mantiene amordazados. Una rosa efímera con tan solo cuatro espinas para defenderse contra el mundo. Una rosa que el Principito creía única, pero que no es más que una rosa ordinaria.

El Principito continúa valorando la vida, el amor y la amistad, no juzga a los demás, aunque ha conocido a seres bien dispares en sus viajes. Aún pervive en él el afán de servir a los otros. Si un día, mientras vagamos por un paisaje desértico, encontramos una estrella y bajo ella hay un niño que nos pide: “Por favor, dibújame un cordero”, sabremos que es él. Entonces tendremos que cumplir un deber inexcusable: escribir a Saint-Exupéry para decirle que el Principito ha vuelto.

Comentarios

Rodrigo ha dicho que…
Mi libro favorito, que ya tengo en 10 idiomas y sigo coleccionando. Gracias por esa pluma inspiradora que tienes. Saludos desde Chile.
Chusé ha dicho que…
Un post precioso. Tan bonito como el libro que leo y releo y que siempre me emociona.
Antón ha dicho que…
Pues ya que hablan del Principito les sugeriré visiten un blog que descubrí casual

http://isidrosaiz.blogspot.com

Les mando un lindo cuento que saqué de allá y viene al propósito. Se titula


NO ES PALABRA



Esta mañana he vuelto al tiempo, clase de francés, trece años, en que Marie dice “vamos a leer Le Petit Prince”. Es un libro raro, con emociones conocidas que creía inexpresables. Cada día un par de páginas, pero ahora es imposible parar. Necesito leerlo entero, buscar en el diccionario las palabras que ignoro. Sin embargo, baobab no viene. Pregunto a Marie y me dice “no es palabra francesa, es un árbol africano”.

Fue a causa de los baobabs que el Principito vino a la Tierra. Necesitaba un cordero que comiera los brotes de baobabs, antes de que éstos creciesen e hicieran reventar su asteroide.

Esta mañana hemos hecho la comprobación. Esos pequeños monos se avisan entre sí cuando ven un depredador: si quien ataca es un águila emiten un sonido para que sus congéneres se oculten en los arbustos; si quien viene es un felino vocalizan otro grito distinto para decirles que trepen a un árbol. Algunos zoólogos las llamamos protopalabras. Y esta mañana, desde nuestro puesto de observación, lo he oído. Al ver acercarse una leona, el mono ha movido sus labios y ha dicho claramente baobab.