Por amor al arte

Los escritores viven del aire y trabajan por amor al arte. Los escritores no son de carne y hueso. Son los mensajeros de las musas, ángeles portadores de placer intelectual, y por su naturaleza seráfica no precisan comer. Dan a la humanidad el sustento cultural que necesita para su progreso, pero su misión no tiene cabida en el sistema productivo de la sociedad moderna. De acuerdo con estas premisas, la producción de libros sólo merece una ofrenda caritativa.

Los libros, fruto del trabajo, la fantasía y el estudio del escritor, son aceptados como vehículos fundamentales del conocimiento. Aunque esos libros constituyen la base de una poderosa y rentable industria, el escritor, salvo contadas excepciones, queda excluido en el reparto de los beneficios, a merced de prácticas de discutible legalidad.

Los gobiernos, la industria editorial, las instituciones y gran número de lectores piensan absurdamente que el escritor vive del aire y trabaja por amor al arte. Mi pregunta es: ¿Cuántos políticos, funcionarios, editores y lectores estarían dispuestos a trabajar, no ya gratuitamente, sino por la mitad de sus salarios y renunciando a la totalidad de sus derechos sociales?

El escritor vive, como cualquiera, gracias a sus ingresos; ha de alimentar a su familia, pagar facturas, hipoteca... y, porque es de justicia, debe gozar de los beneficios sociales de que disfruta cualquier ciudadano, como percepción de pensiones o jubilaciones.

Hoy es 1 de mayo, Día Internacional del Trabajo. Por eso aprovecho para hacer mi particular reivindicación laboral. Escribir en España es llorar, y los escritores españoles tenemos los ojos secos. La inmensa mayoría trabajamos como colaboradores free lance para las publicaciones, porque contratados sólo hay cuatro plumas famosas. La señora de la limpieza de la revista de turno tiene un contrato laboral (puede que fijo), el escritor cobra a tanto cada texto y no hay una regla objetiva para valorar el esfuerzo creativo. Yo he cobrado 150 euros por un poema de ocho versos que me costó un par de horas terminar, mientras que me han pagado 72 euros por un relato de seis páginas que me llevó doce días.

Publicar un libro es un vía crucis y cuando lo consigues, empieza el calvario: las liquidaciones no se efectúan en su momento, no sabes cuántos ejemplares de tu obra se han vendido, ni si ha sido debidamente distribuida o publicitada. Has de rogar que te paguen lo que te pertenece: una limosna, si se compara con los beneficios que obtienen los demás eslabones de la cadena. En un libro que se vendiera a 10 euros, el reparto de esta cantidad podría ser el siguiente:
- Un euro para el autor.
- Dos euros para la editorial, para amortizar el costo físico del libro: papel, composición, encuadernación, corrección de pruebas, impresión.
- Cinco euros (o algo más) para la distribución: gastos de la distribuidora y descuento a los libreros.
- Dos euros para los gastos fijos de la editorial (personal, pequeño tanto por ciento al director de la colección, promoción) y posibles beneficios.

De las entidades que gestionan los derechos y las condiciones de trabajo de los creadores de la cultura escrita: escritores, traductores, periodistas y editores, así como de la Ley de Propiedad Intelectual que nos afecta, hablaremos en otro momento.

Comentarios

almena ha dicho que…
Me he quedado de piedra con esos porcentajes.