Literatura y vida

Literatura y vida, dos palabras mágicas cargadas de sentido y destinadas, evidentemente, a marchar unidas. Pero ¿cómo incide, cómo alienta la vida en la literatura?
La abundancia de escritores, la proliferación de editoriales, el éxito espectacular de los bets-sellers ¿han prestado realmente un servicio a la literatura o, por el contrario, la han alejado de sus fuentes humanas y espirituales?

Es una pregunta susceptible de debate. Estamos en presencia de grandes autores, ¿pero son grandes artistas, grandes escritores? ¿Leemos simples ejercicios de redacción o verdaderas obras literarias?

Hay libros bien concebidos, escritos con excelente técnica y brillante estilo. Parece que no les falte nada y, sin embargo, ¿por qué esa admiración se queda en el lindero de la frialdad? ¿Por qué no nos sentimos integrados en la obra? ¿Por qué no participamos en lo que tendría que ser una profunda recreación, la celebración de un misterio?

¿No será, sencillamente, porque no hay vida y porque el espíritu no acaba de vivificar la letra?

El balance es elocuente, hay miles de escritores de muy alto nivel técnico, pueden dominar los mercados, ser líderes en ventas, intachables profesionales. Pero entre ellos, ¿cuántos son verdaderos artistas? ¿Cuántos genios? Sin duda, no muchos más que a principios de siglo y, no obstante, su número se ha centuplicado.

La Literatura y la vida, en sagrada comunión, son portadoras de belleza y de esperanza entre un mundo que oscila entre la luz o la nada.

¿Qué sucede en la Literatura? Un escritor trabaja puliendo su técnica, buscando un estilo propio, yendo de un tema a otro trata de expresar lo inefable. En ese momento tiene lugar una mutación de naturaleza psíquica y se produce el “milagro”. A fuerza de trabajo y voluntad, esa suerte de vendaval interior le empuja hacia una dimensión superior, hacia la creación, pero este fenómeno no depende de la voluntad, es una energía que también escapa al intelecto, a lo meramente cerebral, y hace que esa “magia” nos traslade a un ámbito universal. Sin esa magia no hay grandes obras maestras.

Esa gracia privilegiada ¿es innata?, ¿se adquiere? Pese a tratarse de dos puntos de partida antitéticos, yo respondería afirmativamente a las dos preguntas.

Innata, sin duda alguna. Un niño aprende a escribir a temprana edad y, sin un profundo conocimiento del lenguaje, inventa historias sencillas y creativas, crea.

Aunque innato, este don puede ser también adquirido, puede y debe evolucionar y manifestarse de otra forma, incluyendo la toma de conciencia, el conocimiento, la cultura y todo cuanto pone al artista en armonía con el hombre convertido en adulto.

Todos los grandes artistas poseen una personalidad deslumbrante: están poseídos por la imaginación y andan siempre en busca de nuevos universos. Por su aguda sensibilidad captan más que los demás tanto del mundo exterior como de su mundo interior particular. No son seres imaginarios, son personas reales, que existen, que están ahí.

La voluntad de afirmar el propio yo, los impulsos de la vanidad y del orgullo, no tienen más razón de ser que la de compensar a menudo debilidades, faltas de confianza, inseguridades. Ellos, los grandes autores, los grandes artistas, no tienen que demostrar nada para tranquilizarse, ni a sí mismos ni a los demás; están por ello más disponibles, más dispuestos a asumir su papel sin invadir terrenos ajenos.

Bien cimentados en este sentido auténtico de la libertad, se hallan en condiciones de servir a la Literatura en su propia esencia, sin interferencias egotistas susceptibles de desfigurar el texto.

Un escritor no puede generar vida si no está henchido de vida. Cuanto más pletórico y vibrante se encuentre, en el aspecto humano como en el espiritual, más capaz será de transmitir su magia.

La literatura debería ser vocación, y no un simple oficio o profesión. Exige un don de sí, una disponibilidad, una abnegación difícilmente compatible con lo que de ordinario se entiende por una vida normal.

En todo oficio, en toda profesión que no es vocación, resulta posible, fuera del horario laboral, abstraerse del quehacer habitual, evadirse para forjar otra vida paralela; vida profesional y familiar se yuxtaponen más o menos, se complementan. Pero la literatura, como creación artística que es, exige todo el ser, todo el tiempo; continúa latiendo dentro de nosotros, poseyéndonos en todo momento, y nos pide el alma, nuestro inconsciente incluso, nuestra capacidad creativa sin límite de horarios, de actividades, de día y de noche.

Siendo un camino inhóspito, ¿por qué se es escritor? ¿Cuáles son las razones profundas que orientan en esta elección? No vamos a detenernos en quienes sirven a la literatura para fines personales, para hacer valer su ego, satisfacer su vanidad e intentar auparse de modo artificioso en la fama consiguiendo apenas el sabor de una gloria efímera. Esa clase de personas no merecen el nombre de escritores, de artistas, pues lo desfiguran y lo traicionan. Se trata de simples corredores con ambiciones de llegar, de llegar ¿a dónde? Sólo ellos lo saben, porque nunca llegarán a ningún sitio. Su concepción del oficio se acomoda a la clase de personas que son.

Si hablamos, en cambio, de las motivaciones que empujan al verdadero escritor a elegir el camino que debe, sin espejismos ni ilusiones vanas, nos fijaremos con atención en esas personas que han acometido un auténtico trabajo sobre ellos mismos y se han ganado con esfuerzo la humildad, la fuerza y la libertad que les legitima para llamarse escritores.

Comentarios

almena ha dicho que…
Supongo, querida María, que una obra literaria de intachable técnica, de redacción impecable, puede, en cambio, estar "vacía", "des-almada", sin alma.
Puede -pienso- escribirse un libro impecable desde la más absoluta lejanía de la propia esencia del autor. Y no "toca" la fibra del lector.
Quizá lo realmente difícil en una obra, es mantener ese nivel de perfección y a la vez evitar lo artificioso. Y a la vez ser capaz de pulsar las cuerdas que hacen resonar en el lector la más armónica de las notas.
Y es verdad. No hay una máquina para fabricar en serie obras así.
Y es verdad. Quien tiene el don de concebir de esa forma, debería poder dedicarse a su arte sin que el tema económico fuera una traba.

Un abrazo cariñoso
paulina y marco ha dicho que…
tocar o no tocar la fibra del lector, estar vacía o llena de la vida que narra, ... y si el lector tiene de antemano la fibra susceptible de ser tocada y una obra sin alma simplemente se encuentra con esa alma?
Chusé ha dicho que…
¡Uuuf! Distinguir entre el escritor y el artista, el tema se las trae. Este matiz creo que lo pone el lector, aunque quizás podamos considerar artista al autor que consigue tocar el "alma" de más gente, el que es universalmente reconocido por sus méritos.