La felicidad de las mujeres

Cuando a una mujer se le pregunta qué cambiaría de ella si pudiera, la respuesta es casi unánime: el volumen de su trasero, su estatura, su peso, su cabello…, es decir, cambiaría algo de su aspecto físico. Esto ocurre porque las mujeres asocian la felicidad con tener un cuerpo delgado y bello. Las encuestas demuestran que nunca la mujer estuvo tan preocupada por su cuerpo y por su aspecto, de ahí que la inmensa mayoría de las féminas piensen que si pudieran perder unos cuantos kilos o tener determinada apariencia, serían más felices. Las mujeres se obsesionan con facilidad con sus cuerpos, según ellas imperfectos, y se someten a dietas draconianas con las que ponen en peligro su salud y su vida, a operaciones quirúrgicas, a tratamientos de belleza…, a lo que sea con tal de verse más hermosas.

La preocupación y la obsesión son reacciones forzadas por una sociedad en la que el aspecto físico tiene una excesiva importancia. Por eso, cuando una mujer se centra en su cuerpo, es más consciente de sus fallos y puntos débiles y se fija metas ideales y poco realistas. En vez de centrar sus aspiraciones en cuidarse para sentirse bien con ella misma, no deja de compararse con las supermodelos, las actrices y las famosas que imponen unos cánones de belleza utópicos. Y al no poder llegar a este nivel de “perfección” física, cae en la ansiedad y en la inseguridad, en el automenosprecio.

Intentar ser joven, delgada y bellísima es un esfuerzo inútil, pues el proceso de envejecimiento termina por atraparnos a todos. Llegada a cierta edad, ni la más envidiada top model resiste el paso del tiempo con un cuerpo envidiable. Esto es un proceso normal, es la vida, y así debe asumirse. Una mujer es mucho más que una cara bonita o un tipazo imponente. La felicidad no son los demás y su opinión debe ser siempre secundaria, ya que nuestro criterio es mucho más importante. Para ser feliz basta con tener una buena actitud, una mentalidad positiva y ganas de vivir intensamente siguiendo un plan personal propio. La mujer que no sigue su rumbo y navega a la deriva bajo influencias ajenas no actúa, no aprende, no crece. Y, por mucho que nos pese, a las mujeres aún nos importa demasiado ser y actuar como se espera de nosotras. Éste es un paso decisivo en la libertad pendiente.

Comentarios