El problema que no tiene nombre

Coincido con una vecina en el ascensor, yo voy cargada con las bolsas del super y ella me abre la puerta para salir. “Vamos con prisas todo el día”, se queja con gesto cansado. Yo asiento, pues a mí también se me quedan cortas las 24 horas. “Ahora corriendo a hacer la comida y vuelta al trabajo, para cuando te enteras, ya eres una vieja. Yo me he hecho vieja sin darme cuenta”. Me despido de esta mujer de cincuenta y tantos años, estoy conmovida, no tenemos mucho trato y su confesión espontánea me deja un regusto amargo. Pienso en mi vida mientras preparo acelerada la comida, y me viene a la mente Betty Friedan, fallecida hace unas semanas y autora del libro La mística de la feminidad (1963). En esta obra se habla del sueño dorado de las mujeres durante una época en la que tener una casita con jardín, un marido bien colocado, unos niños sanos y una cocina moderna, con los nuevos electrodomésticos, constituía la meta ansiada por miles de mujeres norteamericanas. Eran mujeres que en apariencia lo tenían todo para ser felices: estabilidad económica, una vida cómoda y sin demasiados problemas… Para matar el tiempo se dedicaban a actividades benéficas y sociales o se reunían con las vecinas para compartir un pedazo de tarta de manzana y hablar de los hijos. Parecía una vida perfecta en un mundo perfecto, pero sólo era un espejismo, porque la mujer tenía un agujero negro en el corazón que nada conseguía llenar. Había renunciado a ser persona, a tener un proyecto autónomo como ser humano, para, a costa de sacrificios particulares y laborales, conseguir un hogar feliz.

La escritora sufría de este mal, al casarse renunció a llevar una vida propia para cuidar de la casa, del marido y sus tres hijos, hasta que un buen día explotó. Cogió una máquina de escribir y abocó sobre el papel su angustia oculta, su desazón, su rabia ante una sociedad que engaña y explota a las mujeres. "La mística femenina no es más que una forma de la sociedad de embaucar a las mujeres, vendiéndoles una serie de bienes que las dejan vacías, padeciendo 'del problema que no tiene nombre' y buscando una solución en los tranquilizantes y el psicoanálisis", aseguró Betty Friedan. Con los años se convirtió en una feminista pragmática que puso énfasis en la incorporación de los hombres a los usos y discursos igualitarios. La gran aportación que se le reconoce a Betty Friedan es haber centrado el movimiento feminista en el "problema que no tiene nombre", en esa insatisfacción compartida por millones de mujeres, que aun estando conformes con el papel femenino libremente aceptado de ser buenas esposas y mejores madres, se preguntan ¿quién soy? y no encuentran una respuesta satisfactoria. Ser esposa, madre, criada, enfermera, alma de la casa… no basta para que la mujer se realice como persona. Por eso con Betty Friedan el trabajo adquiere una consideración distinta, no es únicamente la vía para obtener la libertad económica sino el camino hacia la realización personal.

El peor enemigo de la mujer es su abnegación, dijo Betty Friedan, y el tiempo le da la razón porque hoy, cuarenta años después, las mujeres ya no se definen como madres o amas de casa, sin embargo, el acceso al mundo laboral no nos ha dado libertad, nos ha hecho más esclavas. Tenemos un empleo precario, peor remunerado que el de los hombres, gastamos la mitad del salario en transporte, en guardería, no disponemos de un minuto de asueto... Intentamos compaginar la vida laboral, familiar y personal, pero seguimos sin tiempo para nosotras porque cuando toca hacer concesiones para mantener el equilibrio, el sacrificio recae siempre en la faceta individual, algo que limita y condiciona nuestra capacidad para sentirnos personas
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