Sartre y el camarero

Sartre escribió la mayor parte de sus obras en cafeterías, de manera que no debe sorprender que una de sus ilustraciones filosóficas más famosas tenga que ver con un camarero. El ejemplo pretende mostrar que los individuos están muy poco dispuestos a ser ellos mismos, pues tienden a asumir un papel que les hace perder conciencia de su individualidad. En “El ser y la nada”, Sartre escribe: “Su movimiento es rápido y decidido, un poco demasiado preciso, un poco demasiado rápido. Acude hacia los clientes con un paso demasiado ligero. Se inclina hacia delante con demasiadas; su voz, sus ojos expresan un excesivo interés por el pedido del cliente. Finalmente regresa tratando de imitar en su caminar la rigidez inflexible de una especie de autómata: lleva la bandeja con la impasibilidad de quien camina en la cuerda floja, la mantiene en un equilibrio perpetuamente inestable y perpetuamente mantenido, que restablece eternamente con ligeros movimientos del brazo y la mano. Toda esta conducta parece un juego, pero, ¿a qué está jugando? No es necesario observar mucho más antes de aventurar una explicación. Está jugando a ser el camarero de una cafetería”.

El camarero, dice Sartre, no es él mismo. Es lo que no es; trata de representar el papel de quien está alienado. Es un ejemplo de falta de autenticidad, de lo que Sartre denomina, “mala fe”.

Sartre defiende la teoría de que el ser humano individual no cuenta con un modelo o una maqueta inicial y el sujeto posee una ilimitada libertad para la autocreación. Hay constantes que es imposible modificar: sexo, edad, raza, etc., pero, aparte de éstas se puede tomar el propio contexto social y hacer con él lo que se quiera, es una inmoralidad no hacer uso de esta libertad y limitarse a seguir a la multitud, conformarse. Si a él le producía “náusea” la falta de sentido de la vida, ¿qué le produciría a ese pobre camarero condenado a servir a los clientes con complacencia? Sartre peca de arrogancia al criticar a un hombre, según él, alienado, que vive atrapado en un trabajo que no le satisface, cobrando un sueldo mísero con el que a duras penas subsiste. No repara en que no es culpa suya haber nacido en una familia obrera, que no pudo enviarle a la universidad a estudiar y a ensanchar los horizontes de su mente. No valora el esfuerzo que representa levantarse cada mañana para enfrentarse a un día igual al anterior y al siguiente. Hay una dignidad en esa persona que, pese a saberse oprimida, ha aprendido a poner buena cara al mal tiempo y sobrelleva su cruz con entereza. Es muy fácil ser libre, cuando no se ha nacido esclavo.

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