Interpretando a Kong, King Kong

King Kong aplasta a más neoyorquinos que Osama bin Laden, pero la muerte del gorila hay que llorarla con gran dolor. Las lágrimas del primate también serán abocadas forzosamente al lado del socavón dejado por las Torres Gemelas. En el relato parabólico, Bush es inevitablemente el director de la película dentro de la película, tan ajeno a cualquier análisis que no sólo menosprecia los riesgos del enemigo, sino que importa a los Estados Unidos el terror que estaba confinado en una geografía exótica. En el combate entre la condición humana y la simiesca, las dos quedan mal paradas en una historia que trasparenta las paradojas de la relación de fuerzas, la ternura que despierta el débil.

La familia Kong prefiere ejercer su poder desde la sombra, y sus miembros sólo se someten al público cuando son desafiados en su cado. En la biografía de King Kong que ha rodado Peter Jackson, el gorila tarda 70 minutos en aparecer. En cualquier otro biopic, este retraso se haría insoportable. Si el espectador no se exaspera es porque sabe perfectamente qué pasará cuando entre en acción. Las sorpresas están en el cómo, nunca en el qué. Nos encontramos ante uno de esos casos en que el making of es más interesante que la propia película, que parece ambientada en las ruinas de El Señor de los Anillos, y con la misma duración que la trilogía entera.

La aureola mítica de la película obliga a rastrear las metáforas sociales, a presentarla como un capítulo más de la guerra femenina contra la fuerza bruta. Toda mujer contemporánea ha tenido que combatir alguna vez con un King Kong. En cambio, la mayoría de hombres no se encontrará nunca ante una Naomi Watts, embelesada mientras el gorila liquida seres humanos hacia los cuales se le suponía un mínimo de simpatía. De la misma manera que ocurre en la película, hay mujeres que han pensado que podrían redimir a la bestia con cabriolas y juegos malabares, una ingenuidad que acaba a menudo con resultados fatídicos. Más difícil todavía, Peter Jackson aborda el dilema de ver a una mujer debatirse entre Adrien Brody y King Kong. Y si alguien piensa que la elección no admite discusión, imagine que se ha de tomar mientras le amenaza una manada de dinosaurios, un dato que trastoca la escala de valores éticos.

Y surge así una derivación absurda de King Kong, que acaba por convertirse en la más perfecta película de dinosaurios de la historia. La alegoría apunta aquí que las cosas no son nunca lo que parecen y presentan derivaciones inexplicables, aunque se suponía que la coherencia era una regla en los guiones de Hollywood. El mal protege al ser humano de cosas peores, aunque con frecuencia no se acierte a definirlas. Se ofrece así un curioso escalafón, que un enemigo de la política norteamericana aprovecharía para constatar que Saddam frenaba monstruos más peligrosos que él mismo.

Pese a todo, la familia Kong está más infiltrada por la puerilidad que por las aspiraciones filosóficas. El gorila más comercial del mundo y los gorilas del comercio mundial comparten el salvajismo rousseauniano. King Kong invierte el mito de Prometeo, ya que es la bestia quien desafía a unos hombres que se creen divinos. Estadísticamente, al menos. El monstruo paga cara su osadía y, antes de que Hollywood afronte la cuarta revisión del mito, se podría proponer la alternativa de una Queen Kong, que cogería de su mano a alguien parecido a Brad Pitt.


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