Walter Benjamin

Finales de septiembre de 1940. El prófugo alemán Walter Benjamin cruza de forma ilegal los Pirineos huyendo del nazismo. Los alemanes han anulado la resistencia francesa y se ha producido lo impensable: Hitler pasea en un coche descapotable por los Campos Elíseos. Parece que la Whermacht sea invencible y vaya a conquistar el mundo entero.

Benjamin es judío, marxista alemán y librepensador. Demasiados títulos credenciales para sentirse seguro en una dictadura fascista que acaba de instalarse por la fuerza de las armas en la República francesa. Por eso huye. El grupo clandestino llega el 26 de septiembre a Portbou (Girona), al otro lado de la frontera. El pueblo que encuentran ofrece un paisaje de casas destruidas por los bombardeos franquistas durante la Guerra Civil española, en parte por el tristemente famoso acorazado Canarias.

La frontera entre el estado español y el francés se ha abierto hace poco, justo cuando el ejército alemán llega a Cervera de la Marenda. Los soldados de la Whermacht pasean por las calles con sus Mercedes y asustan a los niños pequeños con sus botas altas, todavía hoy algún adulto recuerda el estremecimiento que le provocaban aquellas botas. Los alemanes venden a comerciantes barceloneses objetos confiscados, es decir, robados, en el estado vecino, es una forma más de estraperlo. Quedan un millar escaso de habitantes, vigilados por las IV División de Requetés de Navarra, que construyen nidos de ametralladoras en la costa, en lo que pomposamente se denominó Línea Gutiérrez, y los escasos habitantes que todavía viven en el pueblo, tienen más familiares prófugos en el otro lado de la frontera que en este lado.

El que después fue considerado precursor de los movimientos estéticos de los años 60 del siglo XX, ha sido conducido a Portbou por Lisa Fitkko, miembro de la resistencia en Portvendres. Benjamin pide hospedaje, junto con la alemana Henny Gurland y su hijo de 16 años, en el hostal de Francia, próximo a la actual Rambla. Está agotado por la marcha a través de caminos de montaña. Padece del corazón y necesita descansar. Le conviene recuperar fuerzas porque su meta es Lisboa, y de Lisboa, los Estados Unidos. Al día siguiente, lo encuentran muerto en su habitación. ¿Qué sucedió aquella noche? Nadie lo sabe con certeza. Antes de ir al hostal, el prófugo se presenta en la aduana de Portbou. Allí las autoridades franquistas le comunican que dispone de 24 horas para abandonar el territorio español. ¿Cómo es posible si llevaba un visado norteamericano? Desde el encuentro de Serrano Suñer, mano derecha de Franco, con Ribbentropp, ministro nazi de Exteriores, las condiciones de paso se han endurecido. Y Benjamin es un apátrida, Berlín le había retirado la nacionalidad al ser judío y huir del país. La vuelta al estado francés significa la muerte.

Según el libro “Para Walter Benjamin”, editado en 1991 por la Asociación de Instituciones Culturales Independientes de Alemania (ASKI), esta presión es la que hizo que se suicidara de una sobredosis de morfina. Exactamente la misma morfina que se utilizaba para combatir el dolor físico y que ya era en él una adicción. Fitkko asegura en sus memorias que la madrugada del día de la muerte de Benjamín, éste le llamó a su habitación y le dijo que había tomado morfina para matarse, pero que no se lo comentara a nadie.

Hay personas que opinan de otra manera. El que entonces fuera un joven camarero en la cantina de la estación, Simó Granollers, cree que fue asesinado. “Escuché muchas conversaciones de inspectores de la policía y agentes de aduanas, ya que la estación era el centro neurálgico del pueblo, y todo el mundo decía que los alemanes habían matado a un compatriota”, asegura Granollers. Y recalca que no se le hizo la autopsia al cadáver y que fue enterrado rodeado de misterio. Hay que pensar que el misterio era tan grande que la identidad del apátrida se conoció en Portbou diez años después de la muerte. Por si eso no era bastante, los miembros de la GESTAPO instalados en el pueblo desplegaron aquellos días una actividad inusual. Se habla de un saco extraño que metieron en el maletero de un coche.

En el archivo parroquial de la Iglesia de Santa María, figura que el escritor alemán recibió la extremaunción antes de morir y fue enterrado en un cementerio católico. Walter Benjamin era judío, marxista y librepensador, ¿cómo pudo confesarse con un sacerdote católico antes de morir? El posible que el padre Freixes deseara que se le enterrara en sagrado, y no como a los animales, en cualquier lugar, fuera del cementerio. La cartera de piel que Benjamin protegía a cualquier precio, llena de documentos, seguramente con su última obra, aparece vacía. Fitkko fue la encargada de destruir los papeles, ¿o se los quedó para protegerlos? Benjamin muere el día 27, víctima de una hemorragia cerebral, pero en el registro de defunciones figura el 26. Los historiadores favorables al asesinato dicen que los nazis querían evitar un mártir. Los que abogan por el suicidio defienden que fue Fitkko quien borró pruebas comprometedoras.

Reales o imaginarios, los misterios de Benjamin todavía dan mucho que hablar. Entre tanto, el antiguo pueblo fronterizo vive pendiente de que se cree una fundación que no termina de hacerse realidad. Existe un monumento a Benjamín cerca del cementerio, un frío pero evocador espacio de hierro y tragedia. El Ayuntamiento dispone de un fondo fotográfico que recopila informaciones sobre el filósofo y el pueblo. Las autoridades españolas no han sabido potenciar a este personaje de renombre internacional, y algo se podría hacer para mantener vivo el espíritu que personifica a tantas víctimas, a tanto dolor que camina a caballo entre las absurdas fronteras que levantamos los humanos.

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