No somos nadie

No somos nadie. Los hombres nacen, crecen y mueren. Sí, ya sé que la letanía completa dice que nacen, crecen, se reproducen y mueren. Su condición corporal, a la vez que les impone un fatal desenlace, les permite perpetuarse de algún modo en sus hijos. Aunque, por suerte para la humanidad, no todos los hombres tienen hijos, la selección natural implacable deja estériles a aquellos cuyos genes no son dignos de transmitirse.

Para hacer una historia familiar detallada, diré que los hombres pertenecemos al orden de los primates, suborden de los homínidos, y aquí hago una precisión que ningún paleontólogo, y mucho menos un moralista, dejaría de consignar: no todos los homínidos somos iguales. Aunque las mentes más abiertas, más liberales y ecuménicas, que prefieren destacar los elementos comunes sobre las diferencias, no pueden menos que reconocer que el mono es prognato y el hombre ortognato. No me refiero a la simple apariencia facial, hablo del ¡cerebro! Del desarrollo biológico del hombre que es, entre otras cosas, una cerebración creciente.

Partiendo de una masa cerebral del tamaño de un guisante, a finales del Terciario, algunos homínidos han llegado a alcanzar en la actualidad los 1.500 centímetros cúbicos. Un suceso glorioso. Pero no se queda ahí la gloria del hombre, en su masa encefálica en expansión, cada vez más grande y más compleja, un buen día saltó la chispa: la primera idea, ¡voilà! había nacido el homo, el primer hombre. Nos hicimos cazadores, agricultores, ganaderos, herreros y ¡oh, prodigio! científicos.

Tal vez a causa de tantos "logros", en nuestra condición humana haya arraigado la tendencia a la vanidad, una irrisoria pasión por lo que siempre se llamó y se seguirá llamando, de manera absolutamente inapropiada, el progreso. ¿Pero existe acaso el progreso? Hay quien afirma que cada avance es un retroceso, que cada conquista conlleva una decepción. Yo pienso que después de todos los males que ha eliminado el progreso, nuestra vulnerabilidad sigue siendo la misma y que después de todos los avances científicos, nuestra estupidez no ha disminuido un ápice.

Y es que el hombre es un ser estúpido por naturaleza, porque ¿no es cierto que, a medida que la humanidad se perfecciona, el individuo se degrada? ¿Qué me hace opinar así? Explicaré un rumor, que por ser rumor no deja de ser inquietante. Quizá alguien conozca la teoría que han difundido las universidades de Pretoria y Johannesburgo, según esta teoría, los negros fueron creados por Dios junto a los otros animales, para que ya en el paraíso sirvieran a los blancos como chóferes y cocineras. El argumento tiene fuerza persuasiva, es innegable: si Dios hubiera querido que los negros fuesen libres, los habría creado blancos.

Creo que la frontera entre el hombre y el animal no está clara; es imperceptible. ¿Quién puede asegurar que todos los seres humanos son racionales? ¿Podemos aseverar que todos los animales carecen de razón? Mejor pasamos por alto los casos individuales, me refiero a la especie humana en general. El hombre es el único animal que después de tropezar dos veces con la misma piedra, va, se gira y le da una patada. ¿Qué impresión puede causar esto en el resto de los animales? ¿Risa? ¿Compasión?

El hombre es un ser menesteroso, que busca su propio bien y a menudo se equivoca. No sabe resistirse al mal ni tampoco complacerse en él. Todo es mediocre en los humanos, somos bastante imperfectos. Nuestra vida no se caracteriza por el gozo ni por el dolor, sino más bien por la atonía. Vivimos siempre esperando lo mejor y temiendo lo peor. De nuestra vida moral hay que decir otro tanto, que se mueve dentro de una banda muy estrecha, muy lejos del sumo bien y del mal absoluto. No somos ni totalmente culpables, ni inocentes por completo, sino todo lo contrario.

En resumen: los hombres me parecen más que inocentes, inexpertos, y más que culpables, insolventes.

¿Bueno? ¿El hombre es bueno por naturaleza? Para responder a esta pregunta habría que definir previamente el adjetivo bueno, y un filósofo nunca incurriría en semejante disparate. El filósofo ha averiguado que por encima de todos los conocimientos concretos, y frecuentemente contra ellos, existe un conocimiento superior caracterizado por la abstracción. El filósofo es un especialista en generalidades: cada vez sabe menos de más cosas, hasta que llega a no saber nada de todo. He aquí la síntesis última de los grandes sistemas filosóficos, la apoteosis de la razón.

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