Tolerancia

Hay ideas magníficas cuyo significado distorsionado o trivializado acaba convirtiéndolas en una mamarrachada, en una banalidad.

La tolerancia es una de esas valiosas ideas que acompañan a los tiempos modernos que vivimos. Tolerancia es respeto para las opiniones y los actos de los demás, aunque seamos contrarios a ellos. Pero la tolerancia no es la aceptación cobarde de todo lo ajeno o la incapacidad crítica, porque todas las opiniones y todos los actos no merecen respeto, es más, hay conductas e ideologías deleznables, que no deben aceptarse por temor a que nos tachen de intolerantes. El tolerante de verdad respeta a la persona víctima de errores de juicio y trata de persuadirla de su equivocación con razones.

Discrepar es un acicate para el pensamiento, que se enriquece con nuevos argumentos y puntos de vista distintos. Resulta tedioso admitir cualquier idea y estar de acuerdo con ella. Parece que esto no se entiende, y por falta de confianza en las propias ideas o por no saber defenderlas, renunciamos a discutir con los demás. Discutir, que no es otra cosa que alegar razones contra el parecer de otro o examinar una materia entre varias personas, tiene una connotación negativa porque se confunde con la disputa, con atacar desde el acaloramiento irracional los argumentos del adversario, que se convierte así en un rival al que hay que vencer recurriendo a cualquier treta, incluida la descalificación personal o el insulto descarnado.

Hay quienes no pudiendo convencer con la fuerza de la razón, convencen con la fuerza bruta y quienes oponen el silencio a criterios que detestan creyendo ejercer una mal entendida tolerancia.

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