Yo soy yo

Yo soy yo, evidentemente. Quiero decir que me reconozco en pensamientos y en una particular mirada hecha de rutinas, de actitudes y de comportamientos. Éste es mi mundo conocido, un conjunto de cogniciones, sensaciones y emociones con las cuales me identifico. Pero paralelamente a este espacio seguro, existe un mundo de percepciones extrañas y de sombras donde, de alguna manera, también soy. Es el territorio, alejado de la voluntad e incluso de la identidad, donde las ideas, sentimientos o actos inquietantes y creativos nos asaltan.

Éste es el conflicto psicológico que describe la fábula de Jekill y Hyde, una creación literaria que mantiene su vigencia a lo largo del tiempo. Como muchas otras poderosas imágenes culturales, nos atrapa porque nos pone en contacto con fenómenos esenciales, universales, y a menudo poco tratados del hecho de vivir. El caso de Jekill y de Hyde nos habla de esa tendencia que tenemos a identificarnos y a reconocernos sólo en una parte del conjunto de nuestro ser y de nuestras potencialidades. En nuestra evolución como personas hemos ido aprendiendo, a partir de la interacción constante de nuestro organismo con el entorno, que ciertas maneras de hacer, sentir y pensar son más eficaces que otras para satisfacer nuestras necesidades. Con los años, nos hemos organizado y construido alrededor de este núcleo, forjándonos una personalidad, una identidad, un yo. Por ejemplo, hemos adquirido habilidades para tratar con la agresividad y la confianza que nos llevan a pensar: yo soy valiente, y ser valiente ha terminado por formar parte de nuestro yo. Al hacer esto, decimos también: yo no soy, y excluimos de nuestra identidad y consciencia aspectos indisociables de la vida, como la vulnerabilidad o el miedo. Aspectos que, forzosamente, a lo largo de nuestra existencia emergerán y pondrán en conflicto la identidad del yo abriendo el dilema: evolución o conservación de esta identidad.

Podemos negarnos, pero no dejar de ser. Con frecuencia, en los elementos en la sombra de nuestra personalidad se encuentra también el aliento de la vida que falta en el seguro y limitado equilibrio de lo que ya reconozco de mí. El caso de Jekill es ilustrativo y a la vez un ejemplo paradigmático de lo que no se ha de hacer en estas situaciones. El razonable y victoriano Jekill vive en un yo pequeño donde no hay sitio para aspectos tan esenciales como la libre sexualidad o la expresión de la rabia y el dolor. Hace ver que no es suyo, y no aprende a integrarlo en su personalidad. Lo aparta tanto que lo vive como un monstruo ajeno a él, un extraño que le asalta y que él no puede controlar. Hyde, de hecho, sólo es la liberación salvaje, repentina, de estas fuerzas e instintos. Su virtud es señalar la conveniencia de integrar, de hacer alguna cosa con este trozo de vida reprimido. Su peligro es que explota sin consciencia ni aprendizaje, porque Jekill no es. Es demasiado rígido y tiene demasiado miedo para implicarse en el proceso de aceptar, de integrar, de responsabilizarse de Hyde y de aprender. Por contra, prefiere la incómoda seguridad de aquello que conoce y concentra su energía en negarse más y en iniciar una guerra feroz contra Hyde, que también le declara a él la guerra.

Así comienzan los boicots, los olvidos, las ausencias. Explota la ansiedad y la paranoia, mientras el cuerpo se rebela somatizando la tensión, y los sueños se convierten en armas letales y desestabilizadoras. Jekill podría aprender a ser Hyde sin renunciar a ser Jekill. Ampliar su percepción del mundo y de sí mismo; evolucionar, madurar en el conflicto y reconocerse en un nuevo yo más sabio y más completo. Incluso podría ir más lejos, y con la experiencia vivida intuir el terreno donde la parte psicológica limita con la trascendente. Pero Jekill no lo hace. Se enreda en una situación autodestructiva: intenta eliminar a Hyde, y con él anula la potencialidad del cambio y del aprendizaje. La vida queda estancada. Al hacer desaparecer a Hyde, Jekill involuciona y, psicológicamente, muere.

Reflexionar sobre la historia de Jekill y Hyde abre la puerta a un examen sobre el concepto limitado del “yo soy” que solemos utilizar. También señala la perentoriedad de actualizarnos y de no cerrarnos nunca a la posibilidad de crecer, aunque esto nos aproxime a aspectos de nuestra personalidad que nos hacen sentir vulnerables o extraños. Es preciso valorar la trascendencia que conlleva admitir este contacto, pues la valentía de aceptarnos tal y como somos y la importancia de responsabilizarnos de lo que somos, evita la negación de la conciencia de uno mismo.

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