Perfeccionismo obsesivo

Cuentan de Pierre Bonnard, el gran pintor y artista gráfico francés y uno de los líderes del movimiento impresionista, que su perfeccionismo obsesivo le hacía burlar la vigilancia de los museos donde se exponían sus cuadros y pertrechado con una cajita de pinturas y unos pinceles, retocaba sus obras cuando no podía ser visto.

Sófocles se vanagloriaba de su esfuerzo creativo al afirmar que la composición de tres versos podía costarle hasta tres días de trabajo. A lo que Alcesto, un poeta joven que no llegó a triunfar, le replicó en cierta ocasión: “En ese tiempo yo he escrito trescientos”. La respuesta del dramaturgo fue digna de un genio: “Lo creo, pero los tuyos sólo durarán tres días, en tanto que los míos serán eternos”.

Enérgico, inflexible, dominante, intransigente, perfeccionista, autocrítico, exacto y enemigo tanto de la mediocridad como de la rutina son algunos de los calificativos con los que se define la personalidad de Toscanini, el mago de la batuta. Famoso por sus feroces demandas artísticas, una naturaleza casi dictatorial y terribles ataques de rabia, preparaba a sus cantantes compás por compás. Aquel constante estado de hipertensión con el que trabajaba se reflejó en la vehemencia de sus versiones y en la intensidad casi eléctrica de sus más finas interpretaciones.

Del actor Jeremy Irons dicen los críticos que interpreta a sus personajes con un perfeccionismo infinitesimal.

El perfeccionismo le valió a Thomas Mann un premio Nobel, 17 doctorados "honoris causa" y el título de frío.

Gracias a una férrea autoexigencia profesional, a su perfeccionismo casi enfermizo y a sus cualidades vocales, María Callas se hizo mundialmente famosa por alcanzar el bemol, es decir, la nota más alta que registra la voz humana, su versatilidad y agilidad vocal características la convirtieron en la soprano absoluta. El realizador y artista italiano Franco Zeffirelli dijo de ella: “En todas las profesiones hay seres que no aceptan compromisos, que se fijan como regla la máxima exigencia, personas para las que el mundo o es perfecto o no es nada, para las que las cosas son blancas y negras. La Callas era de esa clase de gente, es decir, un genio. El genio es intolerante y sublime. Quería ser artista, la artista absoluta. La Callas era de una sola pieza, un bloque de granito. Su búsqueda de la perfección le impedía tener marido, hijos, tener otra vida que la de su arte”.

Tras cada artista de talento hay una persona que se distingue por estar excesivamente pendiente de no cometer errores en sus actividades, que se exige mucho y posee una enorme sed de conocimiento, que está dotada de una gran intensidad emocional, sensibilidad y empatía; que es perfeccionista y autocrítica; que tiene una inagotable curiosidad, capacidad creativa y tenacidad. "No existe un perfeccionista feliz. Se sabría", escribe la psicóloga francesa Marie Haddou en su libro Basta de agobios. Según ella, el perfeccionismo genera insatisfacción, decepción y frustración. Sentimientos que imposibilitan la paz interior y se desvían de la felicidad. Yo prefiero el criterio de Augusto Monterroso, él piensa que el perfeccionismo lleva a la máxima sencillez y por tanto a la máxima claridad, y suelo aplicarme la regla número nueve de su decálogo del cuentista: "Cree en ti, pero no tanto; duda de ti, pero no tanto. Cuando sientas duda, cree; cuando creas, duda. En esto estriba la única verdadera sabiduría que puede acompañar a un escritor". Por eso sé que mientras viva escribiré. No me importa si publico, si gano premios literarios, si me reconocen por ello o no. No pretendo nada de la literatura, sólo hacerla. Ojalá pudiera exhibir ingenio, brillantez y talento, porque estoy sometida a un tirano difícil de complacer y a menudo me flagelo con el látigo de la perfección. Al revisar un escrito, de forma invariable, opino que no he explotado por completo mi capacidad, que he desperdiciado mi potencial, que empleo sólo la mitad de mis facultades al crear. Me mortifico pensando que soy demasiado escueta o demasiado densa, dudo sobre enfoques, contenidos, acerca de la psicología de los personajes y la organización de la trama. Siempre considero que es posible una mejora, por eso soy consciente de que nunca llegaré a ser una escritora consumada ni consumida por la masa. Mi autoestima artística sube y baja en ciclos consecutivos que me obligan a continuar aprendiendo hasta alcanzar el virtuosismo del arte sublime, y entre tanto continúo fustigándome, porque en el fondo reconozco que disfruto con esto, debo ser masoquista.

Comentarios

almena ha dicho que…
mmm pero no dejes que Marie Haddou tenga razón en lo que afirma.
Confirma tú la regla siendo la excepción : )

Un beso!