Dos éxitos

El 16 de julio de 1945, en el desierto de Nuevo México, tuvo lugar el que quizá sea el acontecimiento más importante del siglo XX. Culminó allí una reacción en cadena de descubrimientos científicos que se iniciaron en la universidad de Chicago y que se había concentrado luego en el “Emplazamiento Y” de Los Álamos. La primera bomba atómica fue un “éxito”.

Nadie había sido más eficaz para este logro que Robert Oppenheimer, director del proyecto de Los Álamos. Alguien que le observaba aquella mañana dejó de él esta descripción: “Se ponía tenso a medida que transcurrían los últimos segundos. Apenas respiraba. Se agarró a un poste para sostenerse. Cuando se oyó la voz de “ahora” y se vio aquel tremendo estallido de luz, seguido (…) del profundo estruendo de la explosión, la expresión de su cara fue de un alivio enorme”. Valga esto para describir el aspecto externo, pero lo que pasó por la mente de Oppenheimer en aquellos momentos, como él mismo recordó más tarde, fueron dos líneas de la Bhagavad Gita en las cuales Dios dice: “Me he convertido en la muerte, la devastadora de los mundos, en espera de esa hora en que esté a punto su destrucción”.

Frente a Oppenheimer, nombre fatídico para la historia de la humanidad, en ese mismo siglo apareció Mahatma Gandhi. El éxito que le atribuye el mundo a este hombre, que pesaba menos de cincuenta kilos y cuyas posesiones al morir valían menos de dos dólares, fue la retirada pacífica de las británicos de la India, pero lo que se conoce menos, aun entre su propia gente, es que redujo la dimensión de un obstáculo más formidable que el de la raza en América. Dio nuevo nombre a los intocables harijan de la India, los “hombres de Dios”, y los elevó a la categoría humana. Con este acto creó la estrategia de la no violencia, a la vez que inspiró el equiparable movimiento de integración racial de Martin Luther King en los Estados Unidos.

Comentarios

Anónimo ha dicho que…
Menudo exitazo la bomba atómica.