17 de agosto de 2005

Sumisión

Nadie nace sumiso por naturaleza, a ser sumiso se aprende de forma progresiva y sin darse cuenta. Nos enseñan que aceptando la manipulación de los demás no seremos recriminados y somos reforzados por tal sumisión. Por el contrario, si defendemos nuestros legítimos derechos, podemos encontrarnos con la desaprobación. Así, poco a poco, algunas personas desarrollan un repertorio aparentemente adaptativo, pero en realidad se van convirtiendo en marionetas y pierden uno de los bienes más importantes del hombre: la dignidad.

En cada uno de nosotros mora un “yo” que se niega a rendir pleitesía y se rebela. No sabemos cómo aparece, sin embargo, en ocasiones una extraña fuerza tira de la conciencia y nos coloca al límite de lo que es innegociable, de lo que ni queremos ni podemos aceptar, también tenemos la capacidad de indignarnos cuando alguien viola nuestros derechos o somos víctimas de humillaciones, explotación o maltrato. Poseemos la cualidad de reaccionar más allá de la biología y enfurecernos cuando nuestros códigos éticos son pisoteados. La cólera frente a la injusticia se llama indignación.

Algunos puristas dirán que es una mera cuestión de ego y que cualquier intento de salvaguardia o protección no es otra cosa que egocentrismo amañado. Es falso. La defensa de la identidad personal el algo natural y saludable. Detrás del ego que acapara está el yo que vive y ama, asimismo, se encuentra el yo ultrajado, el yo que exige respeto y que no quiere doblegarse, es el yo digno. Por que una cosa es el egoísmo moral y el engreimiento insufrible del “listo” que se las sabe todas, y otra distinta es la reafirmación de uno mismo.

Cuando una mujer decide hacer frente a los insultos de su pareja, un adolescente protesta por un castigo que considera injusto o un hombre demanda respeto al jefe que es agresivo, hay un acto de dignidad que engrandece al ser humano. Por desgracia, no siempre somos capaces de actuar así. A veces claudicamos, nos sometemos a situaciones indecorosas y a personas abusivas, elegimos aceptar en vez de evitar. ¿Quién no se ha recriminado por un silencio que nos hacía cómplices, por esa obediencia que nos ha convertido en serviles, por no decir lo que realmente pensábamos? ¿Quién no ha sentido miedo a afrontar un agravio? Nadie es inmune al atropello moral. Todos podemos ser víctimas de la manipulación. Pero hay una diferencia notoria entre la persona que puntualmente adopta esta actitud para superar una dificultad cotidiana y circunstancial y aquella otra que es incapaz de oponerse. El sumiso es el que siempre se queda quieto, el que soporta los agravios, el que calla cuando debería hablar, el que dice sí a todo y a todos, el que se niega a hacer valer sus derechos, el que agacha la cabeza y se somete, el que ha perdido la autoestima.

Exigir respeto no es malo, protege nuestra honra y evita que la personalidad se debilite. Pero los demás no nos respetarán si primero no practicamos el autorrespeto, si no somos capaces de valorarnos y carecemos del coraje suficiente para expresar nuestro criterio, dar una opinión contraria o manifestar sentimientos negativos. La presión social rechaza a los que nadamos contra la corriente general de lo políticamente correcto y no nos dejamos manipular, se nos acusa de individualistas, egoístas, subversivos…, pero uno puede, y debe, reconocerse individual sin ser individualista y cuidar de sí mismo sin olvidarse de los demás. El amor propio no está reñido con la ética, la amistad, la empatía o la consideración por los otros. No hay nada malo en resistirse a toda humillación defendiendo la dignidad.