Sólo sé que no sé nada

"Sólo sé que no sé nada". La frase parece una contradicción, ¿lo es? Después de tantos siglos de Filosofía, pseudofilosofía, filósofos, pensadores, caviladores, verdades a medias y medias verdades, se diría que no hay otra salida sino el escepticismo. Es una salida por la tangente, lo sé. Además, ¿qué significa eso que dicen los escépticos, que nadie puede estar seguro de nada? Al menos nosotros parecemos estar seguros de lo que decimos. Es muy frecuente esta clase de contradicciones. Todos estamos de acuerdo en que resulta imposible ponernos todos de acuerdo. Es enteramente cierto que no existe nada enteramente cierto. Si es verdad que no hay regla sin excepción, también tendrá excepciones ésa que afirma no tener regla sin excepción. Si es cierto que todo cambia, también cambiará la certeza de que todo cambia. Etc., etc. ¿Te das cuenta? Parecen juegos de palabras, pero son juegos mortales. El poder de persuasión de la mente no desaparece, se transforma: se ha convertido en poder de disuasión.
El escéptico total está condenado a la contradicción o al silencio. Mejor dicho, si fuera de veras total, se salvaría. Lo que ocurre es que se ha quedado a medio camino: le falta todavía negar su propia negación, dudar de su propia convicción. Según Santayana, el escepticismo es la castidad de la mente.

¿En qué se distingue el hombre del animal? El animal únicamente sabe, el hombre sabe que sabe. Parece ser, no obstante, que esto es sólo una etapa del proceso evolutivo. La plena madurez viene marcada por otro tipo de conocimiento, por una averiguación diferente y opuesta, cuando el hombre, al fin, sabe que no sabe. ¿Te sorprende? Tú mismo lo habrás observado alguna vez: cuanto más sabio es alguien tanto más ignorante se considera, ya que a medida que crecen sus conocimientos aumenta también la comprobación de su ignorancia, la evidencia de lo mucho que resta por conocer, la amarga evidencia de que es infinitamente más lo que ignora que lo que sabe. Por eso, la modestia de los sabios constituye un fenómeno tan natural, tan inevitable como la humildad de los santos. He ahí, pues, el ápice de la sabiduría: el hombre sabe que no sabe. Sin embargo, ¿no te parece que también esto supone una afirmación demasiado rotunda, demasiado categórica? Quien es verdaderamente humilde nunca dirá que posee la virtud de la humildad; quien es realmente sabio acabará reconociendo que ignora cuánta es su ignorancia. ¿Es posible romper este círculo de hierro o de humo? Paradójicamente, sólo dentro de la duda cabría alguna certeza donde reposar: puede dudarse de todo excepto de que se duda de que se duda. ¿Será ésta la meta del verdadero escepticismo?

Hoy nadie se atreve a componer uno de aquellos enormes tratados de metafísica que se componían antiguamente. Ello se debe, en opinión de Jaspers, a que los filósofos han perdido la ingenuidad. Pero, dime, esos libros que ahora se escriben para demostrar que la metafísica es imposible, ¿qué otra cosa son sino obras de metafísica, si bien dotadas de una ingenuidad de segundo grado? Hasta el hombre menos ingenuo conserva una ilusión: la de creer que no tiene ninguna. En sus horas altas, el pensador escéptico todavía cree que es posible un sistema filosófico donde se diera razón y explicación del fracaso de la inteligencia y, por consiguiente, donde este fracaso quedara absorbido dentro del sistema. ¿No sería una manera de superar el fracaso? Sería un remedio demasiado ingenuo contra la ingenuidad. Al fin y al cabo, toda filosofía es filosofía humana, explicación de unas palabras mediante otras palabras, mientras el polvo que quitamos de la mesa va a parar a las sillas. Ni siquiera con el pensamiento podemos saltar por encima de nuestra propia sombra, ya que el pensamiento no deja de ser una actividad más que, como todas, se ejerce bajo el sol.

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