Sólo nos queda la palabra

Sólo nos queda la palabra, pues el poder, su gloria y su mentira, no son nuestros, nunca lo fueron. Erguidos, en pie, soldados de lo imposible, a los escritores se nos oirá aunque pasen siglos, aunque nuestra palabra llegue desgastada a sus destinatarios, hambrientos también de fe. Seremos, entre tanto, nosotros mismos, de nadie más.

La sociedad nos hace extraños personajes, divagando, orillados, disidentes, gente en peregrinación hacia la utopía, ese sueño fulgurante, lejanísimo, que nos mantiene en pie, y que conste, sépanlo todos, "sin utopías la vida carece de sentido", como dijo no sé quién, otro soñador, otro loco con su dignidad malherida, pero bien dicho.

Fieles, absurdos, oscurecidos, creemos en fes sin dogma, soldados sin bandera, pero si algún trapo nos deslumbra lo inventamos nosotros, sin injerencia alguna.

Nos miran de reojo, sonríen con sorna a nuestro paso, ignorando que ya sabemos nuestra condición de extraños. Es que nos duele la gente derrotada, sin nosotros serlo, la gente injuriada por la injusticia si haberla padecido, y no entienden esa posesión que nos somete a la literatura, no la entienden.

Ya lo sabemos, somos distintos, altivos, nuestra voz no es balido de oveja, sino todo un desafío provocador. Peregrinos de lo imposible, ya lo sabemos, aunque en el silencio de nuestras noches, en el amargor que nos aportan las renuncias, la vergüenza por las deserciones, cuántas y qué humillantes, en esos instantes de soledad desierta, nos admiran. No lo reconocen, pero nos admiran.

El caso es que alguien nos encontrará, es posible, quizá, quizá, y siempre por casualidad, olvidados en uno de los últimos rincones de la historia, y se preguntarán por el "caso raro", quiénes fuimos y el porqué de nuestra disidencia y altivez, si pertenecíamos a la raza que explotaba el planeta, si pudimos ser alguien y no quisimos, un error, dirán, por decir algo, y ese estudioso, si es que ese año del fin del tiempo existe, no entenderá que fuimos voceadores de la vida, soñadores sin tregua. Tampoco es para sentirlo.

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