Siempre mío

A mis palabras no se atrevieron a añadir nada y mi elocuencia la ignoraron. Libro de Job.

Oscar Wilde ha ejercido en mí, como en muchos otros, una perdurable fascinación. No dejó una abundante producción literaria, pero sus poemas, críticas, ensayos, conferencias, obras de teatro, cuentos infantiles y su única novela, El retrato de Dorian Gray, le valieron para ser reconocido mundialmente por una legión de admiradores.

Al margen de su producción literaria, la figura de Oscar Wilde, siempre atractiva y enigmática, ha despertado un gran interés por la dualidad de su personalidad, por sus contradicciones y por las máscaras con las que ocultaba su verdadero rostro. No llevó un diario ni escribió sus memorias y las biografías que de él se han escrito con posterioridad a su muerte nunca tendrán la misma credibilidad que sus cartas. Consciente de esta realidad, en el año 2000, Martin Holland, nieto de Oscar Wilde y experto estudioso de su obra, publicó The Complete Letters of Oscar Wilde, una recopilación de 1.562 cartas del poeta que tenía como finalidad conmemorar el centenario de su muerte y facilitar la comprensión del hombre y del personaje con un material autobiográfico de primera mano.

La correspondencia de Oscar con sus allegados permite conocerle a través de sus propias palabras y aporta elementos inesperados sobre su vida profesional y sentimental más íntima. Como anécdota, cabe significar que en vez de signos de puntuación, excepto en las cartas más formales, empleaba guiones para indicar las pausas. No solía fechar sus epístolas y aunque su ortografía era bastante correcta, con frecuencia cometía faltas en los nombres propios. Sus despedidas acostumbraban a ser: suyo o tuyo, según el grado de confianza que tuviera con el destinatario de las misivas. Sus viajes, sus opiniones, sus momentos de gloria y sus días en el infierno del infortunio están magníficamente retratados con el estilo propio que le caracteriza, mezcla de ingenio y frivolidad.

De la lectura de las cartas de Oscar de deduce una personalidad compleja y proclive a la controversia. Esteta apasionado; vanidoso en extremo, solía magnificar sus éxitos y respondía airado a las críticas negativas que se le hacían; orgulloso de pertenecer a una clase social alta; amante del lujo y los placeres de la buena vida; provocador nato, disfrutaba convirtiéndose en el tema de conversación de los demás. La relación con Alfred Douglas le hizo vivir días de “dorada infamia, horas neronianas, ricas, disolutas, cínicas, materialistas” y ejerció en él una influencia maligna que lo convirtió en un hombre solo, deshonrado y desgraciado. Su estancia en prisión trazó la frontera entre el antes y el después. El atroz sistema penitenciario le quebró el espíritu y la salud, de él diría: “un sistema tan terrible que endurece los corazones de aquellos a quienes no se los rompe, y brutaliza a quienes tienen que ponerlo en práctica en la misma medida que a quienes tienen que someterse a él”. Jamás culpó a nadie de sus propios desastres y asumió las consecuencias de sus actos con entereza. “El sufrimiento es un fuego terrible, purifica o destruye; quizá ahora que todo ha pasado pueda ser mejor persona”, manifestó una vez libre. Manirroto, sufrió el castigo de verse privado de su alto nivel de vida durante el destierro, lo que le llevó con frecuencia a la angustia y a la desesperación, a mendigar compañía y dinero y a no tener miramientos en sangrar a sus amistades exagerando la gravedad de su precaria situación económica.

Tuvo que ser duro para alguien de su condición, que había disfrutado de las mieles del éxito y la riqueza, verse privado del reconocimiento social, apartado de sus hijos y rechazado por muchos de los que antaño le admiraron. Y es que, como él mismo reconoció: “cuando uno está en la cumbre, no puede sino saltar”. Pudo haber conducido su existencia de un modo más sensato y más acorde con su inteligencia, pero consideraba a la razón como la guía más equívoca y frustrante que hay bajo el sol. Prefirió poner la brillantez de su intelecto al servicio de la pasión y ésta le llevó a la más infausta ruina. Su nombre fue borrado del registro de la Literatura Inglesa, sus hijos no pudieron llevar su apellido, fue declarado insolvente, tuvo un final oscuro en el exilio y el placer y la belleza le fueron arrebatados para siempre. En su desolación siguió abrazando la esperanza de remontar la crisis, no lo consiguió. Sólo tras su muerte, le llegaría la redención. Sus obras empezaron a generar royalties, la tumba en la que descansan sus restos bajo un monumento de Jacob Epstein, en el parisino cementerio de Père Lachaise, fue declarada monumento histórico en 1995, una placa en el 34 de Tite Street conmemora el centenario de su nacimiento, una vidriera memorial en el Rincón de los Poetas de la abadía de Westminster le rinde homenaje y una estatua sufragada por fondos públicos le recuerda en Adelaida Street, Londres. Su obra hace que “el perro paria del siglo XIX” siga provocando hoy la admiración entre los lectores y refleja el talento de un hombre sin par.

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