Magia nocturna

Es una noche tranquila en un pueblo de la meseta castellana. El cielo está negro y limpio y centenares de luces lejanas le dan un aire majestuoso y seductor. Es una noche de esas en que el espectáculo está arriba y te roba la mirada. Parece que el tiempo y la vida se hayan detenido en este instante y lamento no haber ampliado mis conocimientos para poder llamar a cada estrella por su nombre, distinguir las constelaciones y ver pegasos, dragones, delfines o la hermosa cabellera de Berenice.

Recuerdo que la luz viaja a 300.000 kilómetros por segundo y reparo en que tal vez muchas de las luces que distingo pertenecen a soles que ya no existen, que estallaron y se extinguieron hace años. Me consuela saber que quizá hayan nacido planetas o astros cuya luz aún no se puede ver y que en otra noche mágica sus destellos me admirarán.

El tiempo y las distancias se vuelven relativos y extraños cuando se manejan cifras siderales. Los insignificantes 150 millones de kilómetros que me separan del sol o los 200 siglos que faltan para que el Norte lo marque el Dragón y la Polar, tan familiar y lejana, deje de guiar el rumbo de los navegantes. Magno esfuerzo el de la Polar, consumirse para que aquí en la Tierra nos sintamos menos perdidos, porque la Polar es nuestro referente. Hace 5.000 años los egipcios la adoraban y hoy percibo el resplandor que emitió en el siglo XVI y que ha recorrido 470 años luz hasta llegar a mis ojos.

Todo parece encajar dentro de un orden perfecto ahí arriba, mientras aquí aún buscamos el sentido de la vida, el origen y la finalidad de todo. Es una noche ideal para pasear disfrutando de la magnificencia estelar. Lejos quedan las miserias terrenales, no importan. Somos el universo y yo. Aunque quizá desde cualquiera de los puntos que brillan, otro ser esté ahora mismo contemplando este minúsculo punto llamado Tierra y se sienta igual de emocionado frente a este cosmos enigmático, juego de resplandores titilantes.

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