El dudoso arte taurino

Soy antitaurina. No me gustan las corridas de toros, y baso esta opinión en la única novillada que mi sensibilidad ha podido soportar y en la que pasé la mayor parte del tiempo mirando a los tendidos, observando los rostros embrutecidos de los asistentes, y sin poder dirigir la vista a ese coso de arena teñida de sangre.

Hay muchos argumentos a favor de la fiesta nacional, aunque a mí no me convence ninguno. De entrada, el toreo se considera arte y yo no le veo nada artístico al acto de torturar a un pobre animal. Dicen los aficionados a la tauromaquia que guarda relación con el valor y la muerte, que el toro tiene la oportunidad de defenderse llevándose por delante la vida del torero, pues tampoco me parece bien que el “artista” haya de morir luciendo sus habilidades con la muleta y el estoque. Argumentan que el toro bravo vive a cuerpo de rey en los cortijos y que se les cría especialmente para morir en el ruedo, que de no existir las corridas, los toros desaparecerían. No encuentro la relación entre que deje de sacrificarse a un animal y que se extinga la especie a la que pertenece, pero no soy biólogo ni zoólogo.

También me parecen una aberración los Sanfermines, aunque confieso que me importa un bledo que los berracos hinquen el asta en la femoral a esos tarados que corren por la pamplonesa calle de la Estafeta buscando emociones fuertes, con el hígado cocido en tintorro y alardeando de tener los cojones bien puestos. Lastima que no tengan el cerebro bien puesto y les pase lo que les pasa. Pero son libres de hacer lo que quieran, la vida es suya y se la pueden jugar como les plazca.

No encuentro calificativo para los espectáculos de vaquillas, los considero repugnantes y casi un delito, fruto de la incultura y la barbarie. Un pobre animal espantado, con los cuernos aserrados y atormentado por la vara del picador, por los arpones de las banderillas y por esos borrachos que las muelen a golpes, patadas, pedradas o navajazos. Así nos divertimos en España, lo cual nos define en cuanto al tipo de personas que somos, y así divertimos a los turistas, que se unen alborozados al grupo de gentuza que participa en el linchamiento de un animal indefenso y se hacen fotos como recuerdo de su hazaña estival.

Estos espectáculos bochornosos y cruentos son arte, son nuestro modo de pasarlo bien y celebrar las fiestas patronales de los pueblos. Si algo destaca en este tipo de festejos es la nobleza, el valor y la dignidad del toro y la abyección vil y cobarde de los animales bípedos.

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