Comprar un piso

La mayoría de los españoles malviven agobiados por el peso de una hipoteca, incluso hay quien no puede hacer su sueño realidad por mucho que se empeñe, y eso que nuestra Constitución recoge el derecho a disfrutar de una vivienda digna y adecuada. Aunque, como en todo, hay excepciones. Ahí tenemos al príncipe de Asturias, que se ha salvado de pedir un crédito bancario porque los españoles somos gilipollas y le hemos costeado un “pisito” de dos mil millones de pesetas, es decir, 12.020.200 €, sin IVA, mobiliario no incluido. Nada, una minucia. También le sufragamos un alto tren de vida: coches de lujo, vacaciones a lo grande, viajes aquí y allá, festorros varios... Y es que puestos a hacer el primo, lo hacemos del todo. Pero ésta es otra historia. A lo que iba, al piso.

Una pareja de jóvenes que quiera adquirir vivienda diminuta en el extrarradio de cualquier ciudad o en un pueblo dormitorio deberá contar con empleo fijo y bien remunerado. Sumando los dos sueldos mes tras mes, año tras año habrán de afrontar el pago de unos 250.000 €, garaje aparte. De acuerdo con la costumbre, tendrán que untar al constructor con dinero negro, pagar un 20% de entrada, suscribir una hipoteca de 195.000 €, abonar a Hacienda el 7% de IVA, alrededor de 17.000 €. Sumemos a esto gastos de tramitación, notario, registro de la propiedad, etc. Al final, el piso se pone en cerca de 285.000 €, más los muebles, los electrodomésticos, el menaje del hogar, el seguro... Treinta años de condena para ser propietario.

Claro que aún hay quien lo tiene peor, esos jóvenes con un trabajo basura, precario, o más grave aún, en el paro y sin esperanzas de encontrar un currelo con una nómina decente. Ellos sólo pueden aspirar a ser los herederos del piso de sus padres.

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