Carta de Gloria

Gloria me remite una interesante carta desde New York City. Ha leído mi ensayo “Ateos y agnósticos”, publicado en el blog Ataraxia, y ha llegado a la conclusión de que no voy por el camino correcto, por eso me anima a rectificar. Me dice:

Tienes que aprender a deshacer el error original, el cual fue mirar a la diminuta idea loca de ser ateo y hacer de ello un acontecimiento. Esa es la razón por la cual esto es tan importante. Esa es la razón por la cual este mensaje es tan importante, si lo lees correctamente y cuidadosamente. Lo que hará es adiestrarte, en el mundo y en la esfera de la experiencia en la cual crees estar, a revivir ese instante original cuando tú, como parte de ese único Hijo miraste las dos opciones y elegiste en contra del Espíritu Santo. Miraste a tu ego y lo tomaste muy, muy en serio. Hiciste al ego serio en lugar de tonto. Jesús dice: “Es un chiste [eso es literalmente lo que él dice] pensar que el tiempo pudiese llegar a circunscribir a la eternidad, lo cual significa que el tiempo no existe” (T-27.VIII.6:5). Es un chiste pensar que esta diminuta idea loca tuviese el poder para interferir con la eternidad. Lo que quieres hacer es cultivar, como una disciplina constante, el mirar a tu ego y no tomarlo seriamente. Si luchas contra ti mismo, lo estás haciendo real. Si te das cuenta de que tu resistencia a elegir a Jesús es fuerte, entonces simplemente reconócelo y di: “Aún tengo mucho miedo del Amor de Dios, pero está bien.” Son esas palabras, “está bien,” las más importantes de todas, porque ya no estás juzgando a tu ego como terrible, pecaminoso, maligno, perverso. Estás mirando a tu ego y diciendo: “Esto es lo que estoy eligiendo, pero no tiene efecto alguno en el amor de Jesús por mí, y no tiene efecto alguno en el amor del Espíritu Santo por mí.”

¡No tiene efecto en absoluto! Sólo tendrá algún efecto si le adjudicas un efecto dentro de tu sueño, porque dentro de tu sueño puedes hacer lo que quieras. Jesús dice antes en el texto que “los sueños son berrinches temperamentales de tu percepción, en los cuales literalmente gritas, ¡lo quiero así!” (T-18.II.4:1). Como un niñito saltando y gritando: “Esto es lo que yo quiero, Mami. ¡Dámelo!” De eso es de lo que tratan los sueños -tanto los que tenemos cuando dormimos como los que tenemos cuando estamos despiertos. Así que lo que quieres poder hacer es mirar lo que estás haciendo y decir: “Eso es lo que estoy eligiendo activamente, pero está bien. No es nada terrible. Simplemente estoy haciendo lo que quiero, porque tengo miedo de lo que yace más allá de ello: el fin del especialismo. Y en este momento estoy perfectamente dispuesto a elegir la locura, porque no quiero soltar mi especialismo -pero está bien.” Esa será la manera de reflejar la elección original que todos nosotros no hicimos, pero que ahora podemos hacer nuevamente: mirar a la diminuta idea loca -la idea de estar separados de Dios- y decir: “Esto no es nada. Este es un sueño tonto. Es un chiste.” Miramos a ese pensamiento con una dulce sonrisa. Cualquiera que sea ese pensamiento dentro de ti: no lo justifiques, no lo racionalices, no te sientas culpable por ello, no lo juzgues. Simplemente míralo como lo que es, pero sonríete. De eso es que se trata esto realmente.

Al menos, pues, estás siendo honrado y franco contigo mismo y por consiguiente con Jesús. Eso es lo que te ahorrará miles de años. La meta no es estar sin tu especialismo, tu culpa, tus pensamientos de ataque o tu enfermedad. La meta es tener conciencia de que los has elegido, y de que puedes hacer otra elección cuando estés listo para ello. Nadie está apuntándote a la cabeza con una pistola y exigiendo que hagas esto hoy. Si crees que Jesús está haciendo esto, entonces estás leyendo el libro equivocado con el autor equivocado. Eso no es lo que él hace. Nunca le hizo eso a Helen. No se lo hace a nadie. El simplemente te sirve de recordatorio con dulzura. Justo al final del texto dice: “En cada dificultad, en cada angustia y en cada confusión Cristo te llama y te dice con ternura, “Hermano mío, elige de nuevo” (T-31.VIII.3:2).

El no hace la elección por ti. Simplemente te dice: Estás disgustado porque estás eligiendo contra la paz de Dios, y eso está bien. Yo permaneceré amorosamente a tu lado y continuamente te la recordaré hasta que estés listo. Tú eres el único que tiene derecho a decidir su propia aptitud: Yo no lo haré por ti, porque al final no tiene importancia. No violaré el poder de tu mente para elegir.

Repito, eso es lo que hay detrás de estas aseveraciones. Son extremadamente importantes. Si realmente las entiendes y las aprendes, tu experiencia de Jesús será mucho más amorosa, mucho más tierna; y por consiguiente, tú serás mucho más amoroso y tierno contigo mismo. Y todos los que te rodean te estarán muy agradecidos, porque inevitablemente serás más amoroso y tierno con ellos. Habrás experimentado el amor y la ternura del Cielo, y ese amor y esa ternura se convertirán más y más en parte de ti, lo cual inevitablemente compartirías con todos los demás. Así que no luches en contra de tu especialismo. Está bien que digas que no estás listo para deshacerte de éste. Al menos eres consciente de cuál es el asunto.

Querida Gloria. ¿Qué puedo decir? Tus argumentos me han dejado sin palabras. Le agradezco al buen Jesús que no me apunte a la cabeza para convertirme en uno de sus feligreses, que tenga paciencia infinita para esperar que vuelva al redil y que sepa disculpar esta locura que me permite vivir sin Él. Espero despertar un día de mi tonto sueño y encontrarme rodeada del amor y la ternura del cielo. Ahora soy consciente del asunto, gracias a ti.

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