¿Seré yo?

Cuando iba al colegio, el estudio de la religión católica era obligatorio y la lectura del Nuevo Testamento también. Nunca me he distinguido por tener fe de carbonero, más bien al contrario, mi mente analítica y mi ánimo escéptico me obliga a cuestionármelo todo, por esto, y por mi naturaleza rebelde y contestataria, siempre he estado del lado de lo que yo pensaba que era justo, defendiendo mi verdad.

En el Nuevo Testamento hay un pasaje: el que narra la Última Cena, que me decantó claramente a favor de Judas, el apóstol maldito, el miserable que vendió a Cristo por treinta monedas. La figura del villano me cautivó tras reparar en la tergiversación interesada, supongo, de sus actos. El Evangelio de Marcos y Lucas no es fiable en absoluto, pues ambos hablan de oídas, no formaban parte del grupo de los elegidos y ni siquiera conocieron a Jesús. No se sabe a ciencia cierta si el autor del texto y el apóstol Mateo fueron la misma persona, ya que narra su Evangelio como historiador, basándose en documentos y no en sus recuerdos. De las palabras de Juan se deduce que él estuvo allí, presenciando los acontecimientos, y este dato le confiere no pocas peculiaridades a su narración.

Es un hecho probado que Jesucristo fue apresado por los judíos con la ayuda de Judas, pero no se ha demostrado que este hecho se produjera antes de la Cena, por contra, parece que ocurrió después de ella, cuando Judas abandonó el cenáculo. “Cuando se pusieron a cenar, el diablo metió en el corazón de Judas Iscariote, hijo de Simón, el propósito de entregarle”. Esta frase eliminaría por sí sola la premeditación en el delito de Judas y demuestra que estando sentado a la mesa no tenía ni la intención de vender al Maestro. “¿Seré yo?”, preguntan los discípulos reunidos en torno al Señor pidiéndole que revele la identidad del traidor. “Será aquel a quien yo dé un trozo de pan mojado”, y mojando un pedazo, Jesús se lo entregó a Judas. Con el bocado, en ese preciso instante, ni antes ni después, entró en él Satanás, y Cristo le pidió: “Lo que has de hacer, hazlo pronto”. Judas salió presto y obediente a cumplir el encargo que permitía que las Escrituras, la voluntad de Dios, se cumpliera.

La Biblia católica se encarga de desprestigiar a Judas recalcando su bajeza moral, su desmesurada deslealtad, y le condena presentándole como un sinvergüenza cínico que, habiendo fraguado ya el complot contra Cristo, todavía se permite preguntar: ¿Seré yo? Si nos ceñimos a la historia de Juan, la pregunta no es una muestra de hipocresía, es una duda sincera que se suscita no sólo en Judas, sino en todos los discípulos. En el momento en que Jesús anuncia que uno de ellos le traicionará esa noche, queda patente que aún no se ha consumado la fechoría de Judas, tal vez por eso, por que saben que no existe el felón y que queda por determinar quién será, se plantean ese: ¿Seré yo? En vez de formular la pregunta más lógica en este contexto: ¿Quién es?

Que cada cual saque sus propias conclusiones, pero yo exculpo a Judas. Creo que fue el primer sorprendido al recibir ese pan mojado que le convertiría en el canalla más denostado por los siglos de los siglos, el hombre que vendió al Hijo de Dios. Si hay que culpar a alguien, aun a riesgo de blasfemar, señalo a Jesucristo, Él permitió al demonio introducirse en el corazón de Judas, Él anuló su libre albedrío, también fue Él el único que comprendió la grandeza del sacrificio que le exigía. ¿Le habrá recompensado por sus servicios?

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